El enemigo está en casa

Posted by on dic 21, 2011 in Columnas, Especiales | 0 comments

Que Homeland es una de las mejores series de este 2011 es ya un fact como un piano. No hay más que mirar los rátings (el piloto consiguió rozar los dos millones de espectadores, cifra récord en la cadena), la buena acogida que ha tenido entre la crítica y sus recientes nominaciones a la 69ª edición de los Golden Globes (mejor drama y mejores actores protagonistas) y a tres categorías de los Writers Guild of America Awards (mejor drama, mejor serie nueva y mejor episodio por The Good Soldier).

El nuevo thriller de Michael Cuesta (productor cinematográfico y director de algunos capítulos de True Blood, Dexter y Six Feet Under), nos sumerge en el peligroso -a la vez que desconocido- mundo del terrorismo islámico y el poder de la burocracia a través de la historia de Nicholas Brody, un sargento de la marina norteamericana que es rescatado de Iraq tras permanecer más de ocho años retenidos por las fuerzas del terrorista Abu Nazir (algo así como un Osama Bin Laden ficticio). Los que no saben los gerifaltes de las principales agencias de inteligencia norteamericanas es que aquel hombre al que han recibido con ínfulas de rey, será el principal responsable de algunas de las conspiraciones más peligrosas contra la cúpula gubernamental del país. Pero claro está, todo esto es un secreto. Una gran mentira que Brody (interpretado por un genial Damian Lewis) cargará religiosamente consigo hasta el final de la temporada -no hay más que ver como, estando ya todo perdido, sigue mintiéndole a Carrie tras la salida de ésta de comisaría-. Brody miente a su familia (la infidelidad conyugal con Carrie, la conversión al islamismo y el compromiso con la causa de Abu Nazir, tras la muerte del primogénito de éste), a su mejor amigo Mike (le oculta que es un terrorista), a las autoridades que le acogen a su llegada y hasta al mismísimo Abu Nazir (no le cuenta su rollito con Carrie, ni tampoco que su hija ha descubierto su conversión al islamismo). Pero por encima de todo, el sargento se miente a sí mismo. En parte (es de imaginar) que para intentar ocultar los terribles recuerdos de estos ocho últimos años que, noche tras noche, siguen atormentándole en su memoria. Brody ya no se siente en casa. Ya no quiere a su mujer (de ser así no se hubiera acostado repetidamente con Carrie) y por mucho empeño que le ponga, sus hijos no dejan de ser un par de desconocidos para él. Es un hombre sin rostro, sin vida, sin pasado. Como bien se muestra en el póster promocional, la mitad de su ser ha desaparecido, desperdigado por las rudas tierras árabes. Y la única manera que tiene de recomponerse es buscar una nueva vida. Un nuevo hogar.

Homeland es pues una mordaz crítica. Una radiografía semi-difusa pero ordenada de manera magistral, sobre lo que realmente pasa tras las puertas del gobierno y los servicios de inteligencia norteamericanos. Son muchas las películas y documentales que han diseccionado el tema, pero hasta ahora  la ficción televisiva (quizás 24 fue una de las pioneras tras el caos del 11-S) no se atrevía a hincarle el diente de una manera tan respetuosa y poco sensacionalista. Homeland hace especial hincapié en el cambio de roles, entre gobierno y cúpula terrorista, y en la alienación en la que vive perpetuamente el ciudadano de a pie (representado con la familia de Brody). Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos. Esto queda perfectamente reflejado en la concepción de los dos personajes principales y antagonistas entre sí, como son Nicholas Brody y Carrie Mathison (Claire Danes). El primero tan físicamente desvalido. Perdido. Atormentado por los constantes recuerdos de su experiencia como prisionero de guerra, pero que a la vez es capaz de recobrar en esa miseria, la fuerza necesaria para luchar por una nueva causa, por muy alejada que esté de las promesas que juró al convertirse en marine. Resulta curioso ahora recordar los primeros diez minutos con las que abre la season finale, Marine One, y en los que Brody mira atentamente a la cámara mientras jura proteger a su país. Y por otro lado está Carrie, agente de la CIA que inicialmente aparenta ser una arpía rencorosa y vengativa, atrapada en la frustración de no haber podido salvar a su amigo en Iraq y que busca en la crucifixión de Brody, su redención. Pero a lo largo de la temporada vemos como la joven, envuelta en un espiral psicótica debido a su trastorno mental, se va desmembrando poco a poco. Ya no queda nada de esa agente predispuesta y desconfiada sobre la lealtad de Brody que instala cámaras ocultas en su casa para espiarle. Ahora es un juguete roto, desamparado y que clama a gritos sordos de auxilio su salvación (No me permitas olvidar, susurra antes de caer inconsciente por el electroshock).

Durante la serie, y sobretodo en la season finale, ambos experimentan un intercambio de papeles de una manera radical a la vez que traumática; Brody matando a su compañero Tom Walker sin escrúpulos y Carrie acudiendo al hospital a someterse a una terapia de shock. Esto los consolida como Brody, el nuevo enemigo a batir y más poderoso que nunca debido a su proximidad a cargos gubernamentales, y Carrie como el animal herido y frustrado, atacada por sus propios compañeros que ven en ella como una víctima de su propia neurosis y teoría conspiranoide. Esta imposibilidad de ser socialmente “aceptada” le lleva a someterse a un profunda terapia de shock que podría provocarle pérdidas de memoria. Pero no importa, el fin justifica los medios. Como para Brody matar a boca jarro a su compañero de fatigas, para demostrar que es digno de la confianza de Abu-Nazir. El sargento ya no es un americano, ahora sirve a otra causa más grande.

En Homeland también se debate constantemente sobre el concepto de hogar y el ambiguo significado de la parábola del regreso del hijo pródigo, vista como un nuevo rayo de esperanza. En este caso, el rescate de Brody es la perfecta representación de esta idea. De la dualidad que se forma entre el lastre que arrastra la cultura norteamericana, incapaz de abandonar su constante necesidad de enaltecimiento como nación superior y la amenaza que supone las posibilidad que el hijo pródigo regrese convertido en traidor. De hecho, Carrie es la primera en representar a éste segundo sector, afirmando que Brody no es quién dice ser. El hecho de haber sobrevivido a una experiencia tan traumática como la que vivió el sargento (y más viniendo del principal enemigo de Occidente como es el terrorismo islámico), convierten a Brody en el perfecto ejemplo de héroe nacional. Pero nada más lejos de la realidad. Tras ocho años inmerso en una cúpula “terrorista” -y vale la pena entrecomillar este concepto, ya que en ciertos momentos de la trama se duda sobre quien es realmente el terrorista-, el marine es reclutado por el mismo Abu-Nazir, que decide enseñarle los motivos de su causa. Es entonces cuando Brody conoce la otra cara de la moneda. La del sector menos favorecido de la guerra. Y en parte, esto se debe a la figura de Issa, el hijo pequeño de Abu-Nazir, al que éste deja al cuidado de Brody para que aprenda inglés con fluidez. A través de él conocerá la parte más oculta y pura de la cultura islámica. Esa inocencia de Issa y su paulatina amistad, le irán despertando un sentimiento de amor y compromiso que nunca antes había sentido. Pero todo ello termina cuando Issa es asesinado tras la caída de una bomba norteamericana cuando se disponía a ir a la escuela. Brody clama venganza. Está furioso. Su nueva vida (en parte su actual hogar), a la que ahora se había entregado en cuerpo y alma, ha quedado sepultada bajo los escombros de la avaricia y la insensatez de los cazas americanos. Ya no queda nada. Sólo la muerte. Y como la muerte en el islam no es más que otro paso más hacia la salvación y no el final de la vida espiritual, Brody decide amarrarse un chaleco de explosivos al cuerpo e intentar asesinar al vicepresidente de los Estados Unidos de América.

Pero cuando está a punto de activar el detonador, recibe una llamada de su hija (un deus ex machina como una casa) que le pide que regrese a casa, al que ahora es su hogar. Es entonces cuando Brody recuerda con dolor esa misma sensación que sintió al sostener el cuerpo sin vida de Issa, al que consideraba ya su hijo, y lo que podría suceder si finalmente hacía detonar la carga. La misma arma que le había arrebatado un trozo de él mismo en el pasado, iba a arrebatarle la vida a su familia. De nuevo esa misma dualidad que viene acechando a la conciencia de Brody; ¿cuál es mi verdadero hogar?. “Te prometo que volveré a casa, Dana” afirma entre lágrimas, mientras sabe que está todo perdido porque está fallando a Issa y también a su fe.

La serie de Michael Cuesta se localiza en una etapa en la que el 11-S queda ya muy lejano, pero que las teorías conspiranoides están a la orden del día. Sobretodo a raíz del arrestro y linchamiento público del jefe libio M. Gadafi y la muerte de Osama Bin Laden y su posterior no-entierro, al ser arrojado su cuerpo al mar desde un avión norteamericano. 24 plasmó esa necesidad de profundizar en las sospechosas maniobras del gobierno contra el terrorismo (de hecho, en Homeland aparece el United States Homeland Security Department, una ficticia organización creada para prevenir y eliminar posibles ataques a gran escala) y de que muchas veces, el enemigo está en casa. Porque lo que realmente importa es preservar el hogar, nuestra vida, nuestras costumbres y a nuestra familia. Homeland es en parte eso, un retrato sobre el regreso al hogar. Por un lado de aquel que vuelve para cambiarlo (Brody) y el que quiere mantener las cosas como están (Carrie). También de  sobre como cambiamos en el camino y hacia donde nos empuja una sociedad cada vez más corrupta y manipulada. Los traumas personales que cambian radicalmente el alma de un individuo. De hecho, esta perversión de la conducta humana que mencionábamos anteriormente se muestra de muchas maneras en la serie. Especialmente en la mentira, acción que realizan prácticamente todos los personajes, sin excepción; Carrie con Brody, Saul, su familia y ella misma, negando su condición mental; Brody, con su esposa, amigos, gobierno y al propio Abu Nazir; Saul, ocultándole información a Carrie y son su mujer, a la que asegura que dejaría de trabajar tanto para pasar más tiempo con ella; Jessica a Brody, al engañarle con su amigo y a sus hijos, intentando cubrir constantemente las extrañas conductas de su padre; y así un largo etcétera.

Tras la season finale emitida el pasado 18 de diciembre, ahora a Homeland le queda un largo período para reflexionar, asentar los éxitos conseguidos y redirigir la trama para segurir sorprendiéndonos y congelándonos como lo ha hecho durante esta excelente y breve primera temporada.

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‘The Walking Dead’ o como ser víctima de uno mismo

Posted by on nov 22, 2011 in Columnas, Especiales | 0 comments

El estreno de la segunda temporada confirma el pésimo estado de forma de la serie

Dice el refranero español que Segundas partes nunca fueron buenas y, sinceramente, yo no encuentro una frase mejor para resumir a la perfección la delicada radiografía que presenta The Walking Dead. La adaptación del aclamado cómic de Robert Kirkman, apuntaba maneras en un primer episodio plagado de efectos especiales intrigantes y un cierto toque destartalado del lejano oeste, que nos evoca vagamente al más puro western. Un auténtico approach a lo que podía ser perfectamente el pistoletazo de salida de un nuevo subgénero: el terror de supervivencia. Pero como todo en esta vida (y sobretodo la manga ancha de la cadena), la cosa se fue de madre.

Tanto la AMC, como los propios seguidores de la serie (habrá algún naïf que aún siga dándole oportunidades), son conscientes de que hay algo que no funciona. Y con no funcionar no me refiero a esos sinuosos diálogos metidos con calzador entre un elenco de por si casposo y mal dirigido, sino que Frank Darabont ha dado señales de haberse vuelto loco. Definitivamente. No obstante y pese a ello, la cadena se ha pasado todo el verano bombardéanos con un intensa y dosificada publicidad, basada en mostrar lo mínimo para hacer esperar al espectador el máximo. Un wannabe que en otras series de renombre han dado resultado, pero que en este caso han terminado siendo una verdadera estafa.

Algunos expertos en ficción televisiva han catalogado las segundas temporadas como el nexo clave para consolidar una serie o provocar su descalabro total. Otros, que simplemente pueden llegar a desilusionar al neófito más incipiente con ansias de recuperar el entrañable espíritu perdido de Lost o X-Files, y que termina convirtiéndose en ese niño que no encuentra nada en su calcetín la noche de reyes. No obstante, The Walking Dead no ha sido la única en experimentar tal descenso cualitativo, si es que alguna vez hubo alguno. Series como Damages, Psychoville o In Treatment también sufrido en sus propias carnes lo que se está convirtiendo en un auténtico fist-fucking para la industria televisiva.

The Walking Dead es la perfecta paradoja del peligro que tienen las grandes cosas. Consolidada como uno de los títulos más caros de la AMC (por detrás de Mad Men, por supuesto), la serie de zombies lo ha tenido todo a su favor. La premisa de un cómic tan excelente como es el de Kirkman, un panorama virgen (visualmente hablando) y el respaldo de un público verdaderamente devoto del género, que iba a ver religiosamente aunque sólo fuera el primer episodio. Y eso que precisamente éste, fue uno de los mejores, junto a la season premiere de la segunda temporad, y que consiguieron mantenerme en vilo desde el momento en que le di al play. Ahora, casi una docena de capítulos más tarde, no queda ni rastro de esa genialidad que desplegó Darabont ante nosotros. The Walking Dead no ha sabido contagiarse de la genialidad de otras obras como Mad Men o Breaking Bad, o la confianza depositada por los espectadores y que la han convertido en el drama más visto del cable. Ahora sólo se respira mediocridad. La doble vertiente que ofrecía esta amplia lectura, como es la historia de un grupo de seres humanos que deben seguir siéndolo y no caer en la oscuridad de sus más primarios instintos, se pierde en un guión mal elaborado y que transpira incongruencias por todos los costados. Kirkman lo traduce a la perfección en el hype del momento, que pocas relaciones guarda ya con la adaptación de la AMC.

 Y si la trama de por si no avanza, las alternativas que tenemos para huir de ella no son mucho mejores. Unos actores pésimos (ni su protagonista Andrew Lincoln se salva) firman la sentencia de muerte de una serie en la que teóricamente se persigue sus experiencias respecto a la pérdida de un ser querido, el miedo o la amistad. No nombraremos a otros grandes títulos como Six Feet Under o The Sopranos, en los que cada uno de sus protagonistas si que termina realizando una conversión paulatina e igualmente racional, que muchas veces es la que empuja a la serie hacia futuros acontecimientos. En The Walking Dead no hay una clara percepción del miedo. Ni siquiera cuando alguno de sus miembros está en peligro o desaparece, hay interés alguno en que reaparezca. La serie de la AMC ha sido víctima de su propia sombra. Un trompe-l’oeil que se balancea ahora en la seguridad que le otorga una fe ciega por parte de su productora y los datos de audiencia.

Mucho deben mejorar las cosas para que yo, al menos, siga viendo algún capítulo más de The Walking Dead. Dado que Darabont no parece saber encontrar el punto medio entre la trama de los walkers y la de los personajes que huyen de ellos, creo que debería decantarse únicamente por una y ceñirse a ella estrictamente. Dado que la capacidad interpretativa actual (los nuevos fichajes no han servido de mucho, más bien al contrario) da para lo que da, creo que el drama debería incentivar mucho más la acción de los zombies, cuyas apariciones en los últimos episodios han sido más bien escasas. No nos interesa saber si Glenn siente algo por la chica basta de la granja o si Shane tiene trastornos de personalidad. Queremos sangre, vísceras, escenas trepidantes y peligro constante. Queremos que nos devuelvan a la serie del principio, aquella que despuntaba al alba al sonido de los pies descalzos de Rick asomándose por la puerta del abandonado hospital. Todo eso pasa por las manos de Darabont. Hasta entonces, sólo nos quedará esperar y desear de todo corazón que la AMC entre en razón y se tome un tiempo para darle un giro tan necesario como esperado a la serie.

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‘Flashforward’ vs ‘Lost’: Porqué no creer lo que nos cuentan

Posted by on oct 20, 2009 in Columnas, Especiales | 1 comment

Analizamos el importante filón que ha explotado Lost y el reciente estreno de Flashforward

Soy consciente de que pronunciarse ahora mismo sobre Flashforward o relacionarla, aunque sea ínfimamente con Lost, es una cosa de locos. Pero en Seriespot no nos callamos nada, así que nos hemos animado a enfocar la situación de dos de los pesos pesados de la ABC, desde un punto de vista diferente.

Para empezar, y creo que ha de quedar bastante claro, que Lost no es Flashforward. A partir de esta deducción a la que me ha costado llegar tras arduos esfuerzos y muchos dolores de cabeza, las posibilidades que se abren ante nosotros son incontables. Nos pueden decir que el final de Lost se encuentra en un triste anuncio colgado de una vieja pared en el piloto de Flashforward, que la presencia de Dominic Monaghan en el elenco principal significa que Charlie realmente está vivo o que puedes descubrir con la fórmula de la Coca-Cola cerrando mucho los ojos en algunos de los minutos del capítulo “137 Sekunden”. Lo que nos quieran vender, no es más que una estrategia de marketing. No es lo mismo salir al mercado con una cadena como la ABC detrás y la gran sombra de Lost envolviéndote con su alo celestial, que contar con la capacidad de promoción de Bored to Death. No es lo mismo. Que no nos vendan la moto, todo se reduce a cifras y comas. Es quizás por eso que la mayoría de los fanáticos de la isla más misteriosa de la historia de la televisión, que son muchos, se hayan animado a ver antes Flashforward que, por ejemplo, The good wife. ¿Significa eso que el motivo se reduce a la calidad?. ¡Ni mucho menos! Con el mono de Lost acosándonos por momentos, cualquier excusa es buena para tener la sensación de estar viendo esa gran obra maestra de Damon Lindelof y compañía. Hace menos de dos años nadie conocía aquella triste serie de náufragos que emitió por primera vez TVE y termino desprogramando por falta de audiencia. Ahora pronunciar las palabras mágicas como Locke, Walt o Dharma es sinónimo de una larga y profunda conversación con cualquiera que vea la serie. Hasta en mi propia clase el otro día nuestro profesor confesó que era adicto a Lost. ¿Ha que punto estamos llegando?

Es cierto que si tecleamos en Google, Lost-Flashforward, podemos encontrar más de 300.000 resultados comparando las series, intentado ligar los argumentos y mil historias más. Y eso, creo que es una falta de respeto a ambos títulos. Me imagino que los creadores de Flashforward no les gustaría ser recordados por haber elaborado una serie “segundona”, condenada a vivir a la sombra de Lost. Vamos, a mi tampoco me haría especial ilusión. Que Lost haya sido todo un éxito no significa que todo lo que se le asemeje vaya a impregnarse de ese brillo del que no hay que abusar.

Personalmente, y corríjanme si me equivoco, Flashforward no posee el nivel necesario para estar al nivel de Lost. Aún es pronto si, pero aunque vaya avanzando, la trama posee algunas trabas que arrastra desde el mismo momento de su concepción. Un elenco bastante flojo, corto y sin ningún tipo de atractivo. No puede ser que contraten a Dominic Monaghan, –¡ojo!, que a mi es un actor que no me desagrada en absoluto– que nos lo envuelvan como la gran figura de la serie y aparezca interpretando un papel que le viene grande al final del cuarto capítulo. Otro de los elementos que creo que fallan en la serie son las limitaciones de trama que se han impuesto teniendo que cumplir un futuro ya revelado, eso es muy bonito y muy innovador, pero el camino que pueda haber hasta ese final poco nos puede sorprender. Algo intentó Spielberg en 2002, con su cinta Minority Report. Presentando unas premisas parecidas, organizó la historia central en un futuro que termina cumpliéndose, la diferencia y el atractivo, si se le puede llamar así, radica en la manera en que se llega a ese objetivo. Sorprendernos con todo lo que hay entre el principio y el final. En Lost también se hace referencia continua al pasado y al presente. ¿Otra coincidencia más?.

Con el piloto de Flashforward, la serie dejó clara la dirección que iba a adquirir de cara al futuro: planos muy parecidos a los de Lost –porque claro, ese inicio espectacular con un avión enorme en llamas encallado en la playa, vende mucho– con un reparto bastante reducido, aunque sin trasfondo ninguno y con misterios que se nos presentan de una manera muy familiar. La intriga de cada capítulo se instala en el final, abriendo así una puerta hasta la próxima entrega, obligándote a seguir el hilo semana tras semana.

Entonces, ¿si hay tantas cosas que han sido planteadas igual que Lost, por qué seguir insistiendo en que no tienen nada que ver? A ver, es bastante simple. Pese a que Flashforward intente emular en algunos momentos a Lost, no dejan de ser dos productos muy diferentes. Sinceramente, creo que el secreto de vincularlas de algún modo, por muy estúpido que sea, ha sido una estrategia de marketing muy bien amañada. La ABC lo sabe, y lo explotará cuanto sea necesario. Quizás solo con eso, la serie haya llegado a un público mucho más extenso que el inicialmente concebido. Estamos delante de es un quiero y no puedo. Un producto víctima de su propio creador. Han querido crear una estrella y se quedaron en asterisco. Con el ansia de intentar imitar una cosa ya existente se han olvidado de crear, innovar y buscar un punto de vista diferente. Buscar el final de Lost o tratar de usar a Flashforward como la “esclava”, con perdón, de su “predecesora” me parece una mala decisión. Flashforward narra una historia completamente diferente, pese a contar con caras conocidas como los personajes de Penny o Charlie. Se que aguantar tanto tiempo sin Lost, es duro, pero buscar posibles pistas para paliar ese ansia, no lleva a ningún lado. Pasar los casi cuarenta minutos que dura cada capítulo buscando un anuncio de Oceanic o un Michael escondido entre los restos de un accidente de coche, me parece absurdo. Disfrutemos de las dos, pero por separado. Porque por mucho que se lleguen a parecer, no dejan de ser productos diferentes. Flashforward no es el manual de instrucciones de Lost. Aunque quizás, y no me sorprendería en absoluto, mañana la ABC informe de todo lo contrario.

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La incongruencia de ‘Grey’s Anatomy’: Un repaso por la distópica mente de Shonda Rhimes

Posted by on jun 3, 2009 in Columnas, Especiales | 0 comments

Repasamos algunas de las paranoias más extravagantes que la creadora

La verdad es que el equipo de guionistas de Grey’s Anatomy se ha llevado la palma en cuanto a la destrucción de la trama principal de la serie y sus personajes. Si aún nos estábamos reponiendo de la increíble marcha de la Doctora Hahn y su no menos sorprendente “rollo bollo” con la hasta ahora heterosexual Callie Torres, nos llegan noticias de que a T.R. Knight (George O’Malley) le dan pasaporte. Lo sorprendente no es este hecho, puesto que ya venimos observando el escaso protagonismo que ha adquiriendo Knight en estos últimos capítulos, si no la poca profesionalidad de la que va dando muestra el elenco de “cerebros” que dan forma a Grey’s Anatomy, despidiendo, contratando y reviviendo a personajes que jamás tendrían que haber desaparecido de la serie.

Supongo que nadie recordará ya a aquel primer reparto que encabezó un proyecto, si más no ambicioso, y que se gano la ovación del público episodio tras episodio. Lo que está cada vez más claro es  que a ese “dream team” le quedan los días contados.

Primero fue el apuesto Preston Burke, interpretado por el siempre correcto Isaiah Washington, y que abandonó la trastienda por la parte de atrás. El motivo, haber insultado a T.R. Knight llamándolo maricón. Pese a las disculpas posteriores, Shonda Rhimes lo tuvo claro. Había que sacar al aquel personaje como fuera. Quizás por afán de demostrar lo “party-gay “que era o por el hecho de que en ese momento Knight era su protegido, la cuestión es que destruyó una figura fundamental en la historia de la serie hasta ese momento. Una pena, porque la trama de la boda y la vida marital de Burke y Cristina pintaba muy bien. Miles de fans se manifestaron en contra de esta injusticia, alegando que lo personal no tiene por que inferir en lo profesional y más habiéndose disculpado después.

Pero esto no se queda aquí. Pocos capítulos después Allison Montgomery abandonó también la serie, aunque visto el futuro que le deparaba ya podía haberle dado una oportunidad a Mark Sloan. En fin, la cuestión es que su personaje no podía aportar nada más y debían darle un cambio de aires. De ahí ese viaje psicodélico a Los Ángeles para reencontrarse con sus queridos amigos de la infancia, aunque me da a mi en la nariz que lo que buscaba era más bien otra cosa. Independientemente de las precarias condiciones sexuales de la Montgomery, que no tienen que desviarnos de la cuestión, el hecho es que su personaje era técnicamente perfecto. Un peón que podía dar un juego tremendo a los acontecimientos que se sucedieron después. Yo aposté desde el principio por un lío entre Callie y ella, total, a Torres ya le va todo. Ambas se encuentran frustradas por sus matrimonios fallidos, se han acostado con Sloan y necesitan más un revolcón que el propio sueldo. ¿Quién no recuerda aquella mítica escena de Sloan entrando en la sala de descanso y ambas mirándole con cara de vicio? Sublime.

Saltando un poquito más en la evolución de las temporadas, llegamos al caso Hahn. Un personaje completamente abominable, pero personaje al fin y al cabo. ¿Alguien sabe que pasó con ella? ¿Desapareció en el triángulo de las Bermudas o en Brasil? Lo que estaba claro es que su historia de amor con la siempre recurrente Torres, no cuajó desde el principio. ¿Que debió hacer O’Malley para que se cambiara de acera tan rápidamente? Misterios de esos de X-Files que nunca se nos desvelarán, como las apariciones dignas de Cuarto Milenio de Denny Duquette. Pero de eso ya hablaremos más adelante. Prosiguiendo con el lesbianismo inhóspito de la serie, en ningún momento presente hasta la misteriosa conversión de Torres, se buscó en el personaje de la Doctora Hahn un sustituto con la misma autoridad que Preston Burke. Supongo que con la idea de intentar mantener viva la rama de cardiología que tanto juego daba. Si no, no le veo el sentido. Pero la primera en la frente. La personalidad brusca de la mujer, sus malas relaciones con Cristina y el poco brío que le ponía a todo, la convirtió en un personaje fácil de odiar. Visto y no visto. La verdad es que su “cameo”, por llamarlo de alguna manera, en el final de la segunda temporada ya apuntaban maneras. Independientemente de nuestra percepción de Hahn, merecía si más no, una despedida digna. Y eso no sucedió así.

Para finalizar, y no menos importante, la cantidad de actores que se han ido, han entrado, se han quedado pero luego se han ido otra vez, iban al lavabo, al coche, a casa, se morían, revivían por obra del espíritu santo, servían como ángeles anunciadores de la buena de dios, etc. De ese enorme elenco de extras me gustaría destacar al que ha sido quizás el más explotado por el equipo desde su estelar aparición en Desde un principio, Denny Duquette. Para empezar, fue un personaje completamente novedoso que le otorgó a la serie, y sobretodo a Izzie, un rol que nos descolocó a todos. Yo, sinceramente, quería un Denny Duquette en mi vida. Pero como parecía que iba a terminar bien esa historia, Rhimes mató al pobre chico en aquel espectacular con mayúsculas final de segunda temporada que marcó un antes y un después en la historia de la televisión. Cuando todos empezábamos a hechar de menos a al perfecto Denny, aparece de repente en el hospital más ancho que largo para anunciarle a Meredith que ha muerto. Hasta ahí, aceptable. Pero en la quinta temporada, Rhimes nos tenía preparado un paquetito bien bonito con un lazo y todo de color rosa. Duquette entra de nuevo en acción convirtiéndose prácticamente en un personaje más del reparto y acostándose con la tan feliz y necrofílica Izzie, que a la vez está saliendo con Alex. Durante más de tres capítulos nos cansamos de ver a Denny actuando de novio protector y a la vez tolerante que no deja a su chica ni a sol ni a sombra. En rumor comenzó a extenderse rápidamente por la red; Izzie tenía un tumor cerebral, de ahí sus alucinaciones. A lo que Shonda respondió con un no tajante. A finales de la quinta temporada nos encontramos, no solo con que aquello era verdad, si no con la posible desparición de dos personajes que no merecen, para nada, dejar de formar parte del Seattle Grace Hospital. Shonda, Shonda, Shonda…

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