Vicious

Posted by on ago 2, 2013 in Pilotos, Reviews | 0 comments

¿Ha muerto la sitcom o la hemos dilapidado nosotros? Ésta es la disyuntiva frente a la cual debería reflexionar todo hijo de vecino cuando se siente a pernoctar con Vicious, serie que debe consumirse necesariamente de noche y cuyo subtexto parece reivindicar un subversivo modelo de vida para la tercera edad, alejado de los convencionalismos y los homófobos corsés de la atemporal sociedad británica. La historia, si es que la encontramos por alguna parte, narra la pomposa jubilación, a la par que surrealista, de un pareja de homosexuales interpretados por Sir Ian Mckellen y Derek Jacobi que deciden envejecer (dignamente, eso si) en un caserón de lo más revenío ¡Ah, si por mi fuera! Me hubiera lanzado como alma que lleva al diablo a apostar que se trataba del apartamento de verano no reconocido de Sara Montiel en Torrelodones. Justo al lado del chalé que le desvalijaron al gran Camilo Sesto. Pelucón incluido y todo. Pero como este no es el tema que nos acontece, mejor vuelvo a encauzarme. A todo esto, un buen día aparece en sus vidas un mozuelo de buena casta y sonrisa pícara al que ambos intentarán llevarse al huerto a golpe de sketches de medio pelo y copazos de brandy marca El Caballero. A primera vista, bien podría haber sido Jose Luís Moreno quien hubiera firmado esta radiografía europea de la clásica costumbrista del desposorio, serigrafiada con vigorosa perfección en Escenas de Matrimonio y catapultada a la fama con bastas fórmulas como la de Aquí No Hay Quien Viva o más recientemente, La Que se Avecina. Y de aquellos polvos, estos lodazales.

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Sir Ian Mckellen solía ser un grande. No me atrevo a conjugar el presente por aquello del mal fario africano y esas cosas. Lo descubrí por primera vez cuando aún era un tipo de teatro, encajonado en unos papeles que no le permitían crecer más allá de una mera reseña en la columna cultural de cualquier outdoor de Londres. Luego Peter Jackson lo señaló con el dedo (no sin antes meterese en otra franquicia de peso como es Marvel), gracias en parte a ese papelón que nos regaló en Rasputin y que será y ha sido siempre, uno de esos papeles que marcan de por vida. Lo que es el sambenito de siempre, vamos. Corría 2001 y Sir Ian se enfundaba por primera vez en una vieja capa gris (que ahora debe oler a cerrado que no veas), una barba de esas peleonas en las que normalmente se te quedan migas de pan cuando comes y un sombrero picudo; Gandalf, había llegado. Y con él, una franquicia que primero produciría New Line Cinema y que ahora arrasa por donde pasa bajo el pesado sello de MGM y WB como es The Hobbit y su interminable trilogía. Pero digan lo que digan, Mckellen fue grande. Por mucho que tuviera que hacer papeles de lo más esotéricos como The Da Vinci Code, junto a un Tom Hanks embravecido y la francesa Audrey Tautou, para ganarse el pan, nadie podrá negar que Mithrandir colocó a Sir Ian en una posición casi levítica. Quizá por ello ahora intenta alejarse de las faldas de su precursor lo máximo posible, con una salida del armario que prometía remilgada pero que ha terminado por convertirse en todo lo contrario.

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No sabemos aún cuál es la verdadera naturaleza de Vicious. Esa serie tan poco noticiada (a la par que noticiable), que se filtra por los torrents como droga dura y parece abogada al fracaso, es uno de los peores estrenos que ha parido nuestra madre televisión en lo que va de temporada. Al menos, que yo haya visto. Y toquemos madera para que aquí acaben los años de vacas flacas porque los upfronts de mayo invitan a ponerle velas a San Expedito, como mínimo. Ah, ese rara avis llamado Vicious. Que no es ni chicha ni limoná. Como hemos comentado anteriormente, la historia de la serie es recurrente e incluso me atrevería a señalar que ya existen títulos en alguna parte con la misma premisa ¿Qué nivel de innovación puede aportar la vejez de dos locas? ¿Y sus batas de estar por casa forradas de naftalina? ¿Es indispensable retratar la homosexualidad de Ian Mckellen como si fuera tema de estado? Probablemente la respuesta a todas estas preguntas y más que nos podríamos formular en un espacio de tiempo reducido sería unánime; no. No porque Vicious es una sitcom y no hace reír. No porque Ian Mckellen roza el patetismo cuando en realidad, en realidad… joder, ¡es Gandalf! Un tipo que tumbó a un Balrog gritando encima de un puente en las Minas de Moria no puede ir chorreando aceite como si tuviera un hijo en la cárcel. Luego está Derek Jacobi que ofrece una contrarréplica y el punto comedido en esta pareja de locas de afterhours, se cierne quizás las ramas sobre las que se retuerce la serie, agobiada por la necesidad de hacer reír al público llevando a los personajes que se pasean por el set al nivel de la deshumanización. Vicious es reírse de la tercera edad sin pudor alguno, a dialogar con un espectador de encefalograma plano, a perderle la partida a un juego con unas reglas muy explícitas; si sabes cómo hacer reír, hazlo. Y Vicious perpetra todo lo contrario; establece un escenario en donde los guionistas maltratan al espectador, basándose en una estrategia que esconde los verdaderos gags tras un tupido velo y nosotros tenemos que levantarnos a moverlo para que corra el aire. Lo siento, pero no.

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Yo no imitaré a esos chamanes de ligas superiores que directamente catalogan Vicious “como una mierda”. No. Yo soy de letras y me gusta argumentar. Aunque  luego sólo me lean mi madre y mi abuela, ahora que les he dado la contraseña del wifi, creo que el respeto es algo fundamental. Vicious es un producto audiovisual, aunque haya serias dudas, y como tal, ha conllevado un esfuerzo ¿Esfuerzo en hacernos retorcernos como cucarachas bajo el efecto de un chufletazo de Cucal? Todavía no me atrevo a afirmarlo. Sea como fuere, mi dashboard de Tumblr está lleno de gifs, frases y capturas de los capítulos posteriores al piloto, lo que me hace plantearme seriamente retomar la serie o es que estamos todos locos. Yo apuesto 5 dólares cuando pase el de la gorra a que Vicious no aguanta ni el primer asalto, pero claro, están por en medio Sir Ian y Jacobi. Y eso, es sin duda alguna, harina de otro costal.

Lo mejor: Sir Ian Mckellen

Lo peor: la serie no tienes por donde cogerla

Tiene una retirada a: Escenas de Matrimonio (si, no es broma)

Primera impresión: 3/10

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Bates Motel

Posted by on mar 25, 2013 in Pilotos, Reviews, Últimos estrenos | 0 comments

Cuando te sientas a escribir sobre algo en lo que todo el mundo parece coincidir religiosamente, sabes que te van a llover collejones como panes. Quizás porque en la sociedad actual todo lo mueve un poco el famoso postureo y el mainstream o simplemente porque tu vas errado y ya está; pero lo cierto es que Bates Motel es una de esas series que suele sacar el verdadero fondo de la gente; o te encanta o la odias con todas tus fuerzas. No hay término medio. Y esto es muy peligroso y más viniendo de una cadena como la A&E, en donde tampoco abunda mucho el buen drama y que parece querer meterse al público en el bolsillo con este nuevo wannabe patillero de Psycho y Twin Peaks, remezclado con toques de terror y cine noir. ¿El resultado? Una historia confusa a la par que naïf, demasiado teatralizada y que no aporta absolutamente nada al género televisivo contemporáneo. Sin olvidar a Freddie Highmore, que sigue confirmándome que lo mejor que le podría haber pasado es que le hubieran dejado encerrado en la fábrica de Willy Wonka. No obstante y gracias a Dios, no todo el mundo parece haber encajado igual la serie de Anthony Cipriano y Bates Motel terminó convirtiéndose en el estreno más visto de la cadena con más de tres millones de espectadores.

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He de admitir que nunca he sido muy fan de la intriga o del terror. Mi primera enganchada al género fue con Lost, que a veces parecía beber un poco de ambas charcas (a mi que no me digan que las uñas de Naveen Andrews no eran para salir corriendo), pero terminé por aparcarlo a un lado en vista del poco respeto que profesan los guionistas de hoy en día por el espectador medio. Quizá por ello encaraba Bates Motel con miedo. Ese miedo de que me volviera a pasar lo mismo que con 666 Park Avenue, Persons Unknown o The River y quedarme con cara de pan de centeno y un enorme WTF en la frente. Y mira tu por donde, Bates Motel me lo ha puesto demasiado fácil porque no creo que vaya a pasar de la mitad de temporada. Porque no inventa nada, ni quiere ser nada nuevo, aunque en alguna de las críticas que he leído en The Hollywood Reporter la citen como la pre cuela contemporánea de Psycho. Afirmación que les viene de perlas a los creadores de la serie para marcarse una de esas “influenciado por” tan hipster, citando al bueno de Hitchcock, que está claro que no le van a dejar descansar ni bajo tierra.

La historia de Bates Motel, como ya he comentado anteriormente, no es muy original. Narra la vida de los Norman, una acomodada familia de clase media cuya realidad se ve truncada brutalmente el día en que Norman (Freddie Highmore) encuentra el ensangrentado cuerpo de su padre en el garaje de casa. Ante semejante trauma adolescente que se les viene encima, Norma (Vera Farmiga), decide mudarse de allí y darle una vida mejor a su hijo en el Motel Bates, situado en el ficticio pueblo de Carolina del norte, White Pines Bay. Algo así como Casper, pero más negro y por cable. El destartalado edificio en cuestión parece erigirse como el macguffin principal de la historia y alrededor del cual se centrará el núcleo central de la trama, como bien ha comenzado a perfilar Cipriano y cía en el primer capítulo. No sabemos si con el objetivo de American Horror Story, que convierte la mansión de los Harmon en un eje más de la acción que cobra vida e interactúa con los personajes, o simplemente porque ubicar a los Norman allí era un must para justificar todo lo que se les viene encima. Que precisamente no creo que sea un amigable fantasma con una bombilla por cabeza, y sus deslenguados tíos.

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Y si en Bates Motel no hay suspense que valga, las interpretaciones no son nada del otro mundo. En especial la de Freddie Highmore, que da vida a un introvertido joven en plena pubertad (no hay más que ver como se le asoma el instinto sexual en la parada del autobús ante tanta fémina), que deberá luchar para preservar su vida privada y convivir con el yugo familiar que le impone su madre. “El mejor amigo de un chico es su madre” reza el tagline promocional de la serie, y no le falta razón. Y si con esta trama no teníamos bastante, Cipriano y cía nos plantan un bonito giro de guión que le da la vuelta a la historia para enfocarla hacia un thriller de suspense y oscuro sobre la supervivencia de una familia; primero a la pérdida del patriarca y cabeza de familia y luego al altercado que sucede en el piloto. Pero ante todo prevalece ese concepto tan convencional sobre la familia del que presumen los americanos y que tanto les gusta ver reflejado en todas las series que ven, sean canadienses o homemade.

Pero el thriller de Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano, consciente o no de sus taras a nivel de construcción dramática de personajes, parece encarrilarse hacia el realismo mágico y en la fábula del todo vale, que tan de moda han puesto series como The River, Lost o Fringe. Cubriendo un puesto tan mítico como el de ésta última, no considero que Bates Motel busque reinventar el género si no encajar en él como un guante e intentar probar suerte con el espectador dividido entre las network y el cable. Pero dentro de este entramado tan complejo como es la ficción televisiva, hay algunos elementos que juegan a favor de Bates Motel y que podrían repuntar sus lagunas cualitativas hacia a un nuevo nivel completamente nuevo; la factura visual, la exquisita selección de las localizaciones y la cuidada puesta en escena, ponen de manifiesto la controversia visual en la que vive sumida la serie, que durante el piloto intenta mantenerse a flote con un salvavidas que le viene demasiado grande. Por ello no es de extrañar que en el video promocional del próximo capítulo emitido por la A&E, no haya espacio para las conversaciones moñas entre madre e hijo o los filtreos con las mozas de turno. Bates Motel vive del misterio y no de la evolución dramática de los personajes.

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En resumidas cuentas, Bates Motel no me ha convencido. No considero que sea un producto competente, pero si que ha sabido escoger el momento idóneo para salir del cascarón y quizás sea eso lo que le valga para salvar los muebles. Carlton Cuse siempre es sinónimo de bizarrismo a borbotones, pero durante el piloto he visto una contención admirable en cuanto a hechos paranormales se refiere, perfilando a los personajes y situándolos en el marco ficticio en el que el espectador puede hacerse una primera idea de cómo son. Entre ellos merece la pena mencionar a Nestor Carbonell, que ya participó en Lost y que parece estar de capa caída, con papeles cada vez más mediocres y de tercera fila, pero que pone una nota de color a una discordante factura entre lo narrativo y lo visual. Un desequilibrio que, de no resolverse pronto, podría ser el talón de Aquiles de una serie que, si no pretende ser más de lo que es, puede pasar de la primera temporada.

Lo mejor: la factura visual y las localizaciones

Lo peor: un guión flojo y actuaciones previsibles

Tiene una retirada a: Hostel, Twin Peaks

Primera impresión: 5/10

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The Mob Doctor

Posted by on nov 12, 2012 in Pilotos, Reviews | 0 comments

Hay que ver lo pesadas que pueden llegar a ponerse las majors cuando les da por un género, ¿eh?. Primero fue el movimiento de lo paranormal (True Blood, The Vampire Diaries, The Gates, The Secret Circle o Once Upon a Time), luego vino el hype zombie con The Walking Dead a la cabeza y que trajo curiosos wannabes como Death Valley, la apuesta de la MTV para teens que no duró ni dos temporadas y ahora, en plena campaña pre-navideña, parece que Shonda Rhimes vuelve a poner de moda el manido concepto del medical drama. Y precisamente ahora, arrastrada por una corriente de lo más mainstream, The Mob Doctor llega a la parrilla de puntillas, como una de esas series que no sabes muy bien donde colocar; que si no es un drama médico (tres cuartas partes del capítulo se desarrollan en exteriores sureños con granjas y caminos de piedra de esas que se te meten en los pies); tampoco profundiza en los temas de la mafia; ni es una profecía gaussiana sobre el amor entre médicos. Entonces, ¿qué diablos es The Mob Doctor?

De bien es sabido que la FOX no es de ese tipo de cadenas a las que les guste innovar, al menos en lo que al terreno de series médicas se refiere. Lo intentaron con House M.D y les salió bien la jugada, hasta que el aburrimiento y la falta de creatividad de los guionistas hizo el resto. Luego llegó Fringe, una serie calcada a The X Files que logró ilusionarnos y hacernos vibrar a partes iguales, pero que terminará este año su última temporada sin pena ni gloria. ¿Quién nos iba a decir que con The Mob Doctor iba a ser diferente? Absolutamente nada. Y mira que la cadena naranja se preocupó por ella desde el principio, no hay más que ver el cásting de secundarios que se ha gastado en la producción y se rumorea, no sé si a ciencia cierta o no, que el título original de la serie era Mob Doctor, pero al final se añadió el The para que no hubiera inequívocos posibles. Todo ello para que al final el resultado de auténtico miedo.

La trama, si es que se le puede llamar así, narra la historia de Grace Devlin, una brillante doctora del sur de Chicago que un buen día se ve envuelta en los servicios de la mafia después de que su hermano Nate, empezara a juntarse con la gente equivocada. Lo cierto es que, a primera vista, la premisa tiene gancho. Te pica la nariz. No es el típico lío de faldas entre los quirófanos de un hospital. Interesan las dualidades que pueden generarse con ese tipo de vida. El bien y el mal (representado patilleramente en el nombre de la protagonista), la mentira y la verdad, la cura y el sufrimiento, etc… Pero después de dos episodios, decidí bajarme el segundo para darle un poco de cuerda, te das cuenta de que lo mejor que podría pasarte es que fueras tu el que le debieras dinero a la mafia y no Frace. Directamente. Así podrían aliviarte el suplicio de aguantar cuarenta minutos de reloj frente a un producto que no aporta absolutamente nada, ni a nivel dramático ni interpretativo. Y mira que la FOX metió mano en producción con un reparto de actores de la talla Zeljko Ivanek (algo así como un Morgan Freeman de la pequeña pantalla) y William Forsythe (spin off para él ya, por dios), pero ni con esas.

Es entonces cuando The Mob Doctor pasa a convertirse en una parodia de sí misma. De las de “Qué haces con la lisiada” que tanto me gustan. Con esas subtramas legañosas que no llevan a ningún lado (la química entre Zach Gilford y Jordana Spiro me produce grima) y unos personajes completamente secundarios que pasan a llevar el peso del capítulo y se comen a la protagonista de la serie con patatas porque lo único que es capaz de hacer es atusarse el pelo, no ayudan a sacarle brillo al verdadero hueso del jamón; la dualidad moral. ¿Qué hacer cuando el amor por un ser querido te lleva a traspasar los límites de la ley? Eres un terrorista, un marginado social. Si el guión de The Mob Doctor no profundiza en la responsabilidad que supone la capacidad de sanar, por decirlo de alguna manera, la de salvar vidas de maleantes, mafiosos y usureros, si que lo hace su montaje. De ritmo correcto y con una fotografía bastante cuidado (ojalá pudiéramos decir lo mismo del guión), la parte visual es lo único que parece salvar un producto condenado a la cancelación desde el minuto uno.

Sea como fuere, lo cierto es que a The Mob Doctor le queda mecha para rato. O al menos eso es lo que nos da a entender las recientes noticias que confirman dos nuevos fichajes para la serie, me imagino que como secundarios, compuestos por Michael Madsen y Jennifer Beals. El primero, para el que no hace falta carta de presentación, dará vida a Russell King un veterano criminal que, a raíz de un fuerte dolor, se percata de que necesita cirujía inmediata. Por su parte, a Beals (The L Word) hasta los últimos capítulos de noviembre, en los que interpretará a la ex novia de Constantine y que ahora está casada con un jefe de la mafia del norte de Chicago. No sabemos si ésta información significa que la FOX está pensándose la renovación, por aquello de seguir con el tópico de que es una cadena a la que le va la marcha, o será una última intentona para salvar los muebles con éxito. Por A o por B, lo cierto es que la serie no tiene pinta de tener el beneplácito del público y las críticas, al menos las que yo he leído, no son nada alentadoras. Bastará con esperar la resolución de la FOX, la única que hoy por hoy parece confíar en sus proyectos.

Lo mejor: William Forsythe.

Lo peor: la serie no hay por donde cogerla y la voz en off a lo Meredith Grey.

Tiene una retirada a: Sons of Anarchy, Grey’s Anatomy y Nurse Jackie.

Primera impresión: 4/10

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Good Cop

Posted by on sep 8, 2012 in Pilotos, Reviews | 1 comment

“El problema de ser policía es que ves demasiada mierda. El mundo es bueno. La gente es buena” afirma el padre de Sav, que juega a ser Dios mientras respira en su cama entrecortadamente. Esta frase (por muy banal que pueda parecer), es el punto de partida del nuevo drama policíaco de la BBC con claros tintes de Luther (no hay más que ver la estética y lo tétrico que puede dibujarse Londres), y protagonizado por el sorprendente y aún poco explotado, Warren Brown. Con el piloto de unos cincuenta minutos aproximados de duración (para mi gusto, un pelín largo), Stephen Butchard (House of Saddam) asienta una historia contenida en sí misma, sin demasiados artilugios visuales ni narrativos, que precipitan al espectador a un auténtico dilema moral desde el minuto cero y que termina alargándose hasta el cliffhanger final; ¿el lado oscuro del ser humano puede corromper hasta el hombre de ley más comprometido? Pese a que esta no es la primera vez que una ficción televisiva se sumerge en explotar esta disyuntiva tan peliaguda, lo cierto es que Good Cop ha sabido reinventarse y ofrecer una premisa abierta y desenfadada, en donde el espectador puede escoger el punto de vista moral que más le convenga.

Darren Brown, que parece haber aprendido mucho de Idris Elba en estos tres años, se mete en la piel de John Paul Rocksavage ‘Sav’, un agente de la policía londinense que se ve inmerso en un alud de acontecimientos que le llevarán a replantarse su postura moral frente a la vida y sobretodo, hacia la condición de los criminales que día tras día termina enviando entre rejas. Quizás también influya la aparición de Stephen Graham, el actor que viene dispuesto a quitarle a Morgan Freeman el récord de películas protagonizadas por segundo, interpreta a Noel Finch; un despreciable capo de lo que parece ser una pequeña mafia underground de los suburbios de Londres, que no soporta a los policías y le encanta acongojar a camareras en lavabos públicos. Precisamente Finch y sus compinches serán los principales antagonistas de Sav durante el piloto, además del caso de un joven cuyo hermano de apenas unos meses, muere repentinamente en sus brazos y que no termino de comprender muy bien que pinta ahí. Como podemos ver, la historia no tiene mucho más. A primera vista puede ser un relato construido a partir de un found footage o la copia barata de Luther, pero lo cierto es que Good Cop engancha y no sabemos muy bien por qué. Quizás sea por esa estética aciaga y perversa que sólo Londres parece sacar a la luz o por los complejos morales que posee Sav, o incluso por esa facilidad de que tiene Butchard para quedarse con los tópicos menos manidos del género policíaco. Pero sea como fuere, la trama principal de Finch y los demás casos que aparecen en el capítulo no es el principal interés de la serie de la BBC. Hay mucho más bajo la superficie; empezando por el background de Sav, su extraña relación con su padre que yace postrado en la cama de su casa y conectado a un respirador de por vida o la culpa que le carcome por dentro cuando ve a su ex mujer y a su hija paseando bucólicamente por la playa. John Paul es bueno, pero el mundo parece querer darle la espalda. Quizá por ello acuda con tanta asiduidad a la figura de su padre, que parece alzarse ante él como su guía espiritual capaz de dirigir a su yo interno, que le recuerda constantemente la verdadera naturaleza de su personalidad.

Pero como siempre en la vida, el azar (mucha gente lo llamaría karma) nos da la espalda y debido a un suceso que tiene lugar a mediados del episodio (no desvelaremos cual es para aquellos que quieran ver la serie), el universo de John Paul se trastoca por completo. Y eso que Butchard ya se ha encargado de asentar y subrayar con insistencia un maniqueísmo de libro personalizado en la figura de Finch por un lado y por el otro el de la policía, a la que se intenta humanizar (no engañan a nadie) a través de la muerte y su sentido del deber. Sav se encuentra en el centro del huracán, en el punto en el que no se pueden ver las cosas con perspectiva y eso le precipita a un vacío existencialista en donde ya nada parece tener sentido y cuyo impulso le lleva a cometer un atroz acto; la naturaleza del ser humano parece ser siempre perversa. John Paul se compromete entonces con un nuevo modus vivendi, completamente desconocido para él y que será el núcleo central del resto de la temporada; ¿Cómo vivir contigo mismo después de transgredir tus propios ideales? Como ya sucede con Walter White en Breaking Bad (vamos a salvar las distancias), Sav se ha transformado en lo que podríamos llamar un monstruo, un enfant terrible que opera al margen de la ley pese a ser el principal representante de ella. La controversia que genera la noche que Finch y sus compinches se montan una fiesta de escándalo y la cosa termina yéndose de madre, empieza la verdadera transformación de John Paul, que debe mirar impasible como la vida pasa ante él sin poder hacer nada al respecto. Entonces la trama nos empuja a replantearnos esto; ¿realmente es tan horrible lo que hace John Paul? ¿Hubiéramos hecho lo mismo que hizo él en su lugar? Probablemente si has seguido con detalle las cinco temporadas de Breaking Bad, no te sonarán del todo rara estas cuestiones. Ni siquiera verías extraño que la conducta de Sav fuera evolucionando hasta límites insospechados, llegando a involucrar en sus locuras a la poca familia y amigos que le quedan.

Good Cop es un diamante en bruto que aún le queda mucho por brillar. Ya sólo con la fotografía, el uso inteligente de los planos y esa última escena en la que John Paul se sumerge en el mar completamente vestido y buscando la redención, es un buen motivo para darle una oportunidad a la serie. Como todas y sobretodo en lo que a dramas policíacos británicos se refiere, la longitud de los episodios sigue siendo el principal hándicap para engancharse en cuerpo y alama a una historia en concreto, pero considero que con la serie de Butchard podría llegar a no ser una pérdida de tiempo. De momento, el piloto me ha convencido lo suficiente y seguiré su evolución con interés, sobretodo para saber como los guionistas manejan este lado oscuro del protagonista y si sabrán sacarle tanto jugo como lo hico Gilligan con W.W. Sea como fuere, de momento el nuevo drama de la BBC va por buen camino. Es cierto que sería interesante pulir varias taras de cara a la temporada, pero sólo el tiempo y la aceptación del público podrán permitir que Good Cop siga evolucionando.

Lo mejor: la realización y Warren Brown.

Lo peor: capítulos demasiado largos y algunas escenas de relleno.

Tiene una retirada a: Breaking Bad en el desarrollo de personajes y Luther.

Primera impresión: 6,5/10

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Revolution

Posted by on sep 5, 2012 in Pilotos, Reviews | 0 comments

Antes de nada me gustaría admitir que no comulgo con Abrams. Ni me gustó Lost (esa última temporada le quitó cualquier tipo de credibilidad a la serie); ni pude aguantar dos capítulos seguidos de Undervovers; Alcatraz me pareció una estafa; Alias aún no he tenido la oportunidad de verla; y sigo sin encontrarle la gracia a los desorbitados ojos de Michael Emerson en Persons of Interest. Quizás por ello Revolution lo esperaba como otro bluf más dentro de mi parrilla. Una de tantas series post apocalípticas que llenan nuestras pantallas en una plaga de títulos que no parece tener fin. Aunque ahora le sigue muy de cerca el de las adaptaciones literarias, algo es algo. Lo cierto es que tras ver el piloto filtrado de Revolution (todavía habrá cadenas que digan que las filtraciones no existen que son los padres), no ha terminado de desagradarme del todo. Como Terra Nova, Flashforward o The Walking Dead, Revolution nos ubica en un mundo completamente desolado y caótico, que debe reinventarse y volver a la edad de piedra tras un extraño apagón global que deja a la tierra sin energía. Entre los supervivientes que aún quedan en pie, destaca la familia de Ben Matheson, un amable granjero (no hay más que ver la cara de felicidad que pone el muchacho cuando sale de su casa) que ve perturbada su paz al recibir la visita del capitán Neville, un malvado general de la milicia que quiere llevarse a Ben y a su hermano Miles. Como ninguno de ambos bandos están dispuestos a irse con las manos vacías, empieza una afanosa lucha a ballestazos que termina con el rapto de Danny, el hijo pequeño de Ben y la propia muerte del patriarca de la familia.

Hasta aquí, todo el pescado vendido. Pero lo mejor de Revolution no es la historia, más allá de su originalidad o no, sino su puesta en escena. La magnífica fotografía de un Abrams que no sabe hacer otra cosa. Pecó de efectos especiales en Flashforward, y vuelve a estirar el concepto de nuevo con Revolution. Pero no importa, la causa justifica los medios. Y en este caso no es otra cosa que entrener al espectador, si, pero sin dejar de lado esos macguffins que tanto ponen cachondo a Abrams y su trupe de guionistas; las cajas misteriosas. Y para más inri, nos colocan una nada más empezar. ¿Qué diablos es el chisme ese en forma de huevo cósmico que Ben saca del ordenador? Pues ni más ni menos que un artefacto de lo más últi, cuya función se desvela al final del piloto. Algo más previsible que la muerte de la madre Bambi, pero que enlaza bastante con la filosofía de Abrams de ceñirse a su estilo y no salir de ahí. Parafraseando al ya difunto Gregory House; “Es mi rollo y me ciño a él”. Y no es para menos. Si por algo ha triunfado el bueno de JJ, además de por ser más pesado que la madre que lo parió, es por arriesgar en su campo y seguir apostando por las ideas inconclusas. Y en realidad, por mucho que me cueste admitirlo, es necesario gente como él. Sino acabaríamos siempre relegándonos a lo mismo y de esa manera la industria televisiva no evolucionaría. Quizás por ello Revolution llega en una época que le va como anillo al dedo; tras el fiasco de Terra Nova y de Falling Skies, la nueva serie de la NBC lo tiene todo para triunfar, en tanto que consigue asentar unas expectativas mucho más realistas y asequibles. Eso no quita que el producto de Eric Kripke tenga taras, y no pocas precisamente, pero dentro de lo que queda por venir, tendremos que agarrarnos a él como un clavo ardiendo.

Y no me importaría agarrarme con fuerza a Giancarlo Esposito. El danés, que viene de realizar un cameo en Community y de pulirse a medio cártel en Breaking Bad, vuelve a dejar claro por qué es uno de los actores del momento y se alza entre el resto de reparto como el personaje idílico que todo guionista querría tener entre sus páginas del Celtx. Sea como fuere, tampoco es difícil destacar entre un grupo de actores mediocres (incluso Elizabeth Mitchell vapulea el concepto actuar y eso que aparece menos de cinco minutos en pantalla), que parecen estar actuando en una obra de barrio para sus obstinadas abuelas de mesa camilla. Pero no importa, tienen buena planta y ya sirven para cumplir su propósito, caer bien al espectador. Sobretodo Charlie Matheson (interpretada por Tracy Spiridakos), la hija de Ben Matheson que se carga sobre sus hombros la misión de rescatar a su hermano después de la muerte de todos los miembros de su familia. Tras ella Aaron (Zak Orth), un empleado de Google venido a menos tras el apagón y  Maggie (Anna Lise Phillips), una joven hecha a sí misma que no duda en utilizar la fuerza cuando es necesario y que bien podría recordarnos a Kate. Como vemos, los estereotipos dentro de la serie de Abrams y Kripke quedan señalados en todo momento. No hay lugar a duda. Lo que no termino de ver claro es que pinta Esposito entre tanto maniquí de los almacenes Sepu. Sinceramente, no considero que una serie de acción tenga que cuidar en exceso el nivel del elenco que la compone, pero hay momentos en que las actuaciones de Tracy Spiridakos o Billy Burke rozan la vergüenza ajena. Sin dejar de lado la lucha final, catana y ballesta en mano, entre éste y los secuaces de Neville que bien podría pasar por una toma falsa de Power Rangers Wild Force. Sobretodo los magníficos efectos especiales de aquellos que reciben disparos o flechas, con esa propulsión acelerada que Pablo Puyol pudo experimentar en The El Escorial Conspiracy, todo muy realista por cierto.


Sea como fuere, Revolution es el producto perfecto para la NBC. No resulta odioso y puede convertirse en un auéntico hype para un determinado sector del público, ávido por recuperar las historias palomiteras y las series con buenas dosis de acción. Para el resto, entre los que me incluyo, el piloto ha pasado sin pena ni gloria y nos nos extrañaría nada que terminara pasando el corte de finales de año. Como siempre, habrá que esperar a los ratings de su estreno (previsto para el 17 de septiembre) para esperar la reacción de la cadena. No obstante, y tomando como referente la actual parrilla que se nos viene encima con el inicio de temporada, tocará echarle el ojo de vez en cuando al transcurso de la trama y la resolución de los macguffins que ha presentado Abrams, hasta la fecha, bastante ínfimos para recalcar las posibilidades de Revolution. De momento, los neófitos de Abrams ya se frotan las manos con el esperado comeback de su ídolo y desearán que las ideas del de Nueva York tengan cafeína para rato.

Lo mejor: Giancarlo Esposito.

Lo peor: las constantes reiteraciones de Abrams y unas premisas flojas.

Tiene una retirada a: Terra Nova, Falling Skies, Flashforward y Jericho.

Primera impresión: 5,9/10

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The New Normal

Posted by on sep 3, 2012 in Pilotos, Reviews | 0 comments

Ryan Murphy es un hombre versátil. Hecho a sí mismo. Nunca creí que un hombre pudiera convertir un musical, bastante entrecomillado eso si, en una serie interesante y dinámica que pudiera aguantar más de una temporada en antena con esa capacidad inhóspita que tiene Glee para reinventarse. Lo hizo con los chicos del McKinley y luego nos plantó en la cara American Horror Story, un thriller fuera de lo común y diferente a todo lo que habíamos visto en televisión hasta la fecha. Cierto es que la serie protagonizada por Connie Britton y Jessica Lange era un melting point a gritos de todos los elementos del género de terror existentes, pero su puesta en escena y la soberbia de sus personajes terminaron por encandilar a crítica y audiencia. Con la llegada del nuevo curso, Murphy vuelve a la comedia. El género en el que se siente más cómodo, sin duda alguna, de la mano de The New Normal. La serie sobre una pareja de homosexuales que contrata a una mujer para tener un hijo ha levantado ampollas entre las comunidades más conservadoras de la ciudadanía norteamericana, que no ha podido evitar que el piloto de la serie de Murphy termine viendo la luz. Y antes de tiempo, nunca mejor dicho.

Programada para el once de septiembre (parecía hecho a propósito), días antes ya corría por la web el piloto de The New Normal o como ya es conocida, LA nueva comedia de Murphy. El creador de Glee y American Horror Story vende por sí mismo. Y no es para menos. El éxito sin precedentes que acaparó la comedia musical de la FOX desde su estreno y posteriormente su inmersión en el género de terror, le ha valido al de Indianápolis la posibilidad de hacer prácticamente lo que quiera. ¡Y qué se joda el espectador medio, sí señor! No importa que los temas a tratar estén manidos o no, lo cool es el personal style que ofrece Murphy. Esos diálogos ácidos, los giros de cámara que dinamizan las escenas o los personajes más bizarros y excéntricos que te puedas echar a la cara. Con Sue Sylvester se metió al público en el bolsillo y el resto lo hicieron sus mash ups y reinvenciones de canciones tan oldies como pegadizas que Lea Michele, Chris Colfer o Cory Monteith supieron interpretar a la perfección. Con The New Normal no pasa lo mismo. Es más, me atrevería a decir que la nueva comedia de la NBC es el perfecto anti héroe de Murphy. Una historia bastante clasicota, protagonizada por dos homosexuales que más que ser gays son el estandarte perfecto de cómo ser un gay en el siglo XXI. Un mero wannabe. Pero quizás Murphy no tenga la culpa de ello, sino más bien de un reparto bastante soso encabezado por Andrew Rannells (Bachelorette) que da vida a Bryan único e indiscutible protagonista que parece absorber las pocas cualidades interpretativas de los demás. Él, el clásico proud gay. Incluso para Murphy parece demasiado estúpido y plano. Un tipo que es capaz de darle tantas vueltas a la cada de American Horror Story y aguantar cuatro temporadas de Glee, peca de simplista en un producto que le iba que ni pintado para reivindicar el derecho de los homosexuales norteamericanos a la adopción y su aceptación como nuevo estandarte familiar. Pero no, la gracia se queda en el estilo de Bryan, sus trajes de etiqueta y su gran corazón. Lo bastante fuerte como para aguantar el costumbrismo de su novio David, interpretado por Justin Bartha (The Hangover), que no termina de comulgar del todo con la idea de ser padre en su situación actual. Pero eso es lo de menos cuando aparece en escena Goldie (Georgina King), una joven que se muda a Hawaii tras encontrar a su pareja fornicando con una asiática en la cama de matrimonio de su casa. Tras un largo discurso (me sobró prácticamente tres cuartas partes), Goldie abandona a su marido con lo puesto y decide dar un vuelco a su vida y empezar de cero en la otra punta del estado de la mano de su hija pequeña, Shania (Bebe Wood).

Hasta aquí lo cierto es que no hay mucho que remarcar. El ritmo de la serie, de unos 20 minutos de duración por capítulo, es el de cualquiera otra comedia de Ryan Murphy, que no parece saber hacer otra cosa en cuanto a dicho género se refiere. Es cierto que para ser el piloto de una nueva serie no es de lo peor que he visto y mucho menos en los tiempos que corren, pero aún les queda camino por andar. Si que es cierto que hay momentos que rozan el camp, como la entrevista que le hacen a una mujer de baja estatura sobre hasta que punto su condición de enanismo podría afectar al crecimiento de su futura hija, pero esperaba que Murphy (quién mejor que él) supiera utilizarlos con inteligencia y no vociferarlos a los cuatro vientos de manera gratuita. Sobretodo la madre de Goldie, una vieja snob que intenta seguir con puntafina la silueta de Sue Sylvester pero que termina a medio coser. Entre todo este mejunje de personajes se alza como principal antagonista de la madre de Goldie y del mundo en general, Nene Leakes que interpreta a Rocky, la asistente de Bryan y una mujer con las ideas bien claras. Pero más allá de este choque de trenes bastante previsible y encasillado en las personalidades de unos personajes que no se sabe muy bien cual es su papel dentro de la trama, no creo que haya un conflicto real dentro de la historia. Veo The New Normal como un docudrama de Cuatro sobre las dificultades y problemas morales con los que se encuentran los homosexuales hoy en día para adoptar o tener hijos por su cuenta más que un producto televisivo. Quizás por ello no es de extrañar que varias organizaciones conservadoras hayan denunciando al show de Murphy acusándolo de peligroso para los valores del matrimonio y el concepto de familia actual, aunque no creo que vayan a suponer un riesgo serio para las convicciones de los espectadores. Aunque todo sea dicho, hay mucho yankee meapilas suelto. Es más, viniendo de Murphy esperaba una apuesta mucho más arriesgada, directa. El piloto de The New Normal no contiene ni la mitad de acidez y dureza que un escrito de Sue Sylvester en su diario. La serie pedía una reinvención de los estereotipos, como ya hiciera Murphy en Glee o American Horror Story, pero el creador se pierde en los convencionalismos costumbristas que conocemos todos.

The New Normal es una apuesta interesante aunque no imprescindible. Probablemente y teniendo impreso el sello de Murphy, la comedia del creador pasará el corte de la NBC (tampoco tiene muchas otras alternativas si miramos su parilla) y se quedará una temporada más entre nosotros, estirando mucho del hilo. Quizás ese sea el tiempo necesario para que la obra de Murphy madure hacia una concepción más adulta sobre el mundo homosexual (ver a dos hombres en un sofá acariciando a un perro me pareció francamente ridícula) y que no se limite únicamente a estereotiparlos como la panacea del mainstream actual. Ser homosexual aún sigue siendo un problema en muchos entornos y el mero planteamiento de que puedan casarse o adoptar un hijo, también. Puede que Murphy haya querido quitarle hierro al asunto, pero un poco de carne en el asador no hubiera estado del todo mal.

Lo mejor: algunas salidas de guión.

Lo peor: puede convertirse en una víctima de sí misma.

Tiene una retirada a: Happy Endings y Glee.

Primera impresión: 5,8/10

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