Categoría: Reviews

Top of the Lake

Cuando los grandes se pasan a lo pequeño sabes que algo heavy está cambiando. Lo hueles, lo sientes y lo tocas. La última en sumarse al carro de esta nueva “gran evasión” hacia la ficción televisiva tan new age es Jane Campion, autora de películas de culto como The Piano –que le valió el reconocimiento de público y crítica a principios de los noventa–, quien desembarca en Sundance con Top of the Lake bajo el brazo. Una miniserie de siete capítulos de duración y encabezada por un reparto envidiable, con una inverosímil Elisabeth Moss en primera línea, reflexiona sobre el feminismo, la figura paterna en el seno de la familia y la condición humana. De factura técnica impecable, Nueva Zelanda como telón de fondo y una fotografía que nos transporta a un idílico paraíso inexistente, Top of the Lake vuelve a poner sobre la mesa ese terno debate que se genera entorno a “qué es cine y qué televisión” ¿Hemos sobrepasado el límite? Con Top of the Lake si, y encima, por la puerta grande.

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Top of the Lake es ficción indie, purista e independiente. Quizá por ello si te enchufas el ordenador y te sientas frente al primer capítulo esperando encontrar explosiones Michael Bay, persecuciones de coches imposibles y tipos macizos marcando pecho, probablemente te hayas equivocado de ventanilla. La cinta de Jane Campion, que se mete en la parrilla tras su presentación oficial en Sundance, es una alegoría a la vida, un recorrido por la compleja psique humana y una reflexión del abismo existencial al que se ve sometida una persona cuando se da cuenta de que no tiene nada. Que está sola. Nuestra protagonista principal y leitmotiv inicial de la historia es Tui, una niña de doce años de edad que, un buen día, decide sumergirse en las aguas de un lago y desaparecer. Tui no es un prototipo. Ni siquiera es rubia, ni la reina del baile, aunque tampoco lo busque ser. Es un ser raro, impredecible e incluso muchas veces, esquivo. Como si la hubieran encontrado en medio de la selva y necesitara ser domesticada. Pero, por si todo eso no fuera suficiente, también está embarazada. La detective Robin Griffin (Elisabeth Moss) le pregunta; ¿de quién? Ella le alarga un papelito en el que ha escrito “No One”. Ese juego, iniciado como una mera chiquillada de una joven que busca llamar la atención, es el detonante principal de la obsesión de Robin por descubrir al padre de la criatura de Tui, luego encontrarla cuando ella desaparece y finalmente, salvarla, aunque en el fondo no deje de intentar salvarse a sí misma. Para ello contará con la ayuda de Al Parker, un detective neozelandés interpretado por un envejecido David Wenham que marcará muy de cerca de Robin y buscará, de algún modo, sacar tajada de toda la investigación de los Mitcham.

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Paralelamente a la historia principal de Tui y su inquietante embarazo, Campion abre la veda a la reflexión de la figura femenina a través de Paradise, una extraña porción de tierra usurpada al padrastro de Tui, Matt Mitcham (un Peter Mullan que quizás es de las mejores interpretaciones de la cinta), por un grupo de feministas insatisfechas y desesperadas, encabezadas por una misteriosa a la par que fascinante GJ (Holly Hunter). Quizás el personaje de Hunter es el más emblemático de la historia, con una caracterización austera y sublime, su función es prácticamente esencial dentro del contexto de la historia: la de ejercer de parte racional de cerebro humano. Tanto Robin como Johnno (Thomas M. Wright), un extraño joven con el que Robin iniciará una tórrida relación de sexo libre y sin tapujos; como el mismo padre de Tui, experimentan comportamientos tan irracionales como viscerales, amparados en una parte del cuerpo movida únicamente por los sentimientos. Los sentimientos de amor, de Robin hacia Tui y de Johnno a la propia Robin; la inocencia pero protección maternal, de Tui hacia su hijo; la obsesión enfermiza de la redención, del padre de Tui hacia su hijastra; y otros largos etcétera. Todos los personajes representan una facción del ser humano que merece ser reflexionada. Todos acuden en un momento u otro a GJ para que les guié y los coloque en lo que ellos creen que debe ser su camino vital. GJ no es nadie, porque tampoco Campion deja que lo sea. Se nos antoja como un fantasma, un libro de autoayuda al que las mujeres acuden cuando todas sus relaciones con el sexo opuesto fracasan y el sentido de la vida se desvanecen. Es un gurú, un chamán. En un ejercicio de feminismo postmoderno, Campion nos obliga a plantearnos nuestra posición respecto al sexo o a las relaciones sentimentales. Robin parece feliz con Johnno pero al final descubre que el tipo con el que se está acostando es su hermano; la madre de Robin, interpretada por Robyn Nevin, también está felizmente casada pero termina muriendo de cáncer; la extraña relación entre Tui y su inquietante amigo mal teñido, también termina mal. Por no hablar del personaje de Wenham, quizás el más complejo de desentrañar a lo largo de la cinta pero que al final acaba retratado como un auténtico cerdo.

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Con ello no significa que el mundo esté tan jodido como Campion lo pinta, ni mucho menos ¿Pero qué podemos esperar cuando aquello que llamamos Paradise no lo es? ¿Cuándo se comercia con niños y los propios padres violan a sus hijas? ¿Qué nos queda cuando el amor por un hombre nos deja un agujero tan grande que no sabemos muy bien cómo llenarlo? Esas preguntas son las que mueven la serie de Campion y no tanto el devenir de los acontecimientos que, insisto, no dejan de ser fascinantes. Top of the Lake requiere el compromiso del espectador y este aspecto se cumple a raja tabla desde el minuto uno. Una vez leí en una crítica que “teníamos que dejar que el cine fuera más complejo que la vida” y en el fondo, es una verdad como un templo jónico. Top of the Lake es una cinta densa, oscura y que establece un juego visual peligroso, con tintes de Twin Peaks y una fotografía que brinda una envidiable a la par que desconocida, Nueva Zelanda. No obstante, Campion sigue pecando de querer hiperbolizar la figura femenina por encima del bien y del mal. Lo hizo en The Piano y aquí vuelve a caer de cuatro patas en unas subtramas enfocadas a destruir al hombre y a dibujarlo de nuevo como un ser repulsivo, capaz de cometer algunas de las mayores atrocidades posibles. Ni tanto ni tan calvo.

TOP OF THE LAKE

Sea como fuere, Top of the Lake es un must. Aunque sólo sea por la puesta en escena que nos planta Campion y que logra introducirnos de la mano en un universo completamente nuevo, ahogado en las obsesiones y comportamientos viscerales de los protagonistas que conforman la historia. Si en occidente el principal problema es el estrés, el caos y el frenético ritmo de vida, en Paradise y el resto de paisajes que vemos en la serie, nada tiene prisa. Todo se conforma como un puzzle que el espectador debe componer en su mente con las piezas que Campion y el director de la cinta, Garth Davis, nos ofrecen y que terminan por confluir en un final tan inesperado como patillero. Pero a mi me gustaría invitar al espectador a que se quedara con la forma y no tanto con el fondo, porque la reflexión que plantea Campion está más vista que el tebeo. Pero la directora neozelandesa le da un giro de tuerca y lo maquilla para que nos enganchemos a ella como un clavo ardiendo. Top of the Lake no es nada nuevo y quizás decepcionará a muchos puristas del género y de Sundance, pero yo considero que es una cinta correcta, sin más pretensiones que plasmar las inquietudes de una Campion, todavía atrapada en el mismo feminismo que la llevó a rodar The Piano.

Lo mejor: la fotografía, la factura técnica y Holly Hunter

Lo peor: el guión flojea en varias ocasiones

Tiene una retirada a: Twin Peaks

Impresión final: 7/10

Vicious

¿Ha muerto la sitcom o la hemos dilapidado nosotros? Ésta es la disyuntiva frente a la cual debería reflexionar todo hijo de vecino cuando se siente a pernoctar con Vicious, serie que debe consumirse necesariamente de noche y cuyo subtexto parece reivindicar un subversivo modelo de vida para la tercera edad, alejado de los convencionalismos y los homófobos corsés de la atemporal sociedad británica. La historia, si es que la encontramos por alguna parte, narra la pomposa jubilación, a la par que surrealista, de un pareja de homosexuales interpretados por Sir Ian Mckellen y Derek Jacobi que deciden envejecer (dignamente, eso si) en un caserón de lo más revenío ¡Ah, si por mi fuera! Me hubiera lanzado como alma que lleva al diablo a apostar que se trataba del apartamento de verano no reconocido de Sara Montiel en Torrelodones. Justo al lado del chalé que le desvalijaron al gran Camilo Sesto. Pelucón incluido y todo. Pero como este no es el tema que nos acontece, mejor vuelvo a encauzarme. A todo esto, un buen día aparece en sus vidas un mozuelo de buena casta y sonrisa pícara al que ambos intentarán llevarse al huerto a golpe de sketches de medio pelo y copazos de brandy marca El Caballero. A primera vista, bien podría haber sido Jose Luís Moreno quien hubiera firmado esta radiografía europea de la clásica costumbrista del desposorio, serigrafiada con vigorosa perfección en Escenas de Matrimonio y catapultada a la fama con bastas fórmulas como la de Aquí No Hay Quien Viva o más recientemente, La Que se Avecina. Y de aquellos polvos, estos lodazales.

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Sir Ian Mckellen solía ser un grande. No me atrevo a conjugar el presente por aquello del mal fario africano y esas cosas. Lo descubrí por primera vez cuando aún era un tipo de teatro, encajonado en unos papeles que no le permitían crecer más allá de una mera reseña en la columna cultural de cualquier outdoor de Londres. Luego Peter Jackson lo señaló con el dedo (no sin antes meterese en otra franquicia de peso como es Marvel), gracias en parte a ese papelón que nos regaló en Rasputin y que será y ha sido siempre, uno de esos papeles que marcan de por vida. Lo que es el sambenito de siempre, vamos. Corría 2001 y Sir Ian se enfundaba por primera vez en una vieja capa gris (que ahora debe oler a cerrado que no veas), una barba de esas peleonas en las que normalmente se te quedan migas de pan cuando comes y un sombrero picudo; Gandalf, había llegado. Y con él, una franquicia que primero produciría New Line Cinema y que ahora arrasa por donde pasa bajo el pesado sello de MGM y WB como es The Hobbit y su interminable trilogía. Pero digan lo que digan, Mckellen fue grande. Por mucho que tuviera que hacer papeles de lo más esotéricos como The Da Vinci Code, junto a un Tom Hanks embravecido y la francesa Audrey Tautou, para ganarse el pan, nadie podrá negar que Mithrandir colocó a Sir Ian en una posición casi levítica. Quizá por ello ahora intenta alejarse de las faldas de su precursor lo máximo posible, con una salida del armario que prometía remilgada pero que ha terminado por convertirse en todo lo contrario.

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No sabemos aún cuál es la verdadera naturaleza de Vicious. Esa serie tan poco noticiada (a la par que noticiable), que se filtra por los torrents como droga dura y parece abogada al fracaso, es uno de los peores estrenos que ha parido nuestra madre televisión en lo que va de temporada. Al menos, que yo haya visto. Y toquemos madera para que aquí acaben los años de vacas flacas porque los upfronts de mayo invitan a ponerle velas a San Expedito, como mínimo. Ah, ese rara avis llamado Vicious. Que no es ni chicha ni limoná. Como hemos comentado anteriormente, la historia de la serie es recurrente e incluso me atrevería a señalar que ya existen títulos en alguna parte con la misma premisa ¿Qué nivel de innovación puede aportar la vejez de dos locas? ¿Y sus batas de estar por casa forradas de naftalina? ¿Es indispensable retratar la homosexualidad de Ian Mckellen como si fuera tema de estado? Probablemente la respuesta a todas estas preguntas y más que nos podríamos formular en un espacio de tiempo reducido sería unánime; no. No porque Vicious es una sitcom y no hace reír. No porque Ian Mckellen roza el patetismo cuando en realidad, en realidad… joder, ¡es Gandalf! Un tipo que tumbó a un Balrog gritando encima de un puente en las Minas de Moria no puede ir chorreando aceite como si tuviera un hijo en la cárcel. Luego está Derek Jacobi que ofrece una contrarréplica y el punto comedido en esta pareja de locas de afterhours, se cierne quizás las ramas sobre las que se retuerce la serie, agobiada por la necesidad de hacer reír al público llevando a los personajes que se pasean por el set al nivel de la deshumanización. Vicious es reírse de la tercera edad sin pudor alguno, a dialogar con un espectador de encefalograma plano, a perderle la partida a un juego con unas reglas muy explícitas; si sabes cómo hacer reír, hazlo. Y Vicious perpetra todo lo contrario; establece un escenario en donde los guionistas maltratan al espectador, basándose en una estrategia que esconde los verdaderos gags tras un tupido velo y nosotros tenemos que levantarnos a moverlo para que corra el aire. Lo siento, pero no.

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Yo no imitaré a esos chamanes de ligas superiores que directamente catalogan Vicious “como una mierda”. No. Yo soy de letras y me gusta argumentar. Aunque  luego sólo me lean mi madre y mi abuela, ahora que les he dado la contraseña del wifi, creo que el respeto es algo fundamental. Vicious es un producto audiovisual, aunque haya serias dudas, y como tal, ha conllevado un esfuerzo ¿Esfuerzo en hacernos retorcernos como cucarachas bajo el efecto de un chufletazo de Cucal? Todavía no me atrevo a afirmarlo. Sea como fuere, mi dashboard de Tumblr está lleno de gifs, frases y capturas de los capítulos posteriores al piloto, lo que me hace plantearme seriamente retomar la serie o es que estamos todos locos. Yo apuesto 5 dólares cuando pase el de la gorra a que Vicious no aguanta ni el primer asalto, pero claro, están por en medio Sir Ian y Jacobi. Y eso, es sin duda alguna, harina de otro costal.

Lo mejor: Sir Ian Mckellen

Lo peor: la serie no tienes por donde cogerla

Tiene una retirada a: Escenas de Matrimonio (si, no es broma)

Primera impresión: 3/10

In The Flesh

Innovar es bueno. A veces me atrevería a decir, que esencial. Pero cuando centramos un producto; dígase una serie, un libro o una película de cualquier tipo, en esa premisa como leitmotiv vehicular para atrapar al espectador, nos podemos meter en camisa de once varas. Y eso mismo sucede en In The Flesh, el nuevo drama del tándem Jonny Campbell/Dominic Mitchell y con el inequívoco sello de la BBC, una revisión del mito zombie imperante hasta la fecha y que aporta una visión completamente alternativa de la realidad impuesta por algunas series como The Walking Dead o Death Valley. Pero parece, que eso no es suficiente. La miniserie, de momento no hay prevista segunda temporada, navega entre un mar de inseguridades que se alargarán hasta bien entrado el final de la serie (bluf incluido) y unas interpretaciones histriónicas a la par que muy poco complejas, que nos sacan completamente del devenir de la trama. No obstante, In The Flesh ha conseguido cautivar a la crítica y vuelve a afianzar a la BBC como la “esperanza alternativa” para aquellos que huyen del costumbrismo norteamericano.

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Kiren Walker es un zombie. Bueno, lo era. Lo es. La sociedad que nos presenta In The Flesh, que cae en esa eterna dicotomía la mayor parte del tiempo, es el de una realidad completamente diferente a la nuestra, pero que sigue compartiendo la mayoría de trazos dominantes en cuanto a conductismo y tolerancia humana se refiere. La premisa es muy simple; una empresa lanza al mercado la cura para el PDS (Partially Deceased Syndrome), una droga que permite reinsertar a los zombies en la sociedad de manera ordenada y natural. La única contraindicación que todavía no ha sido posible resolver es el instinto animal y asesino que guardan todos los muertos vivientes y que sus familiares deberán saciar con una inyección diaria en el cogote de un extraño compuesto. Pero los zombies, siguen siendo zombies, por mucho que la mitad del presupuesto de la serie se vaya en lentillas de usar y tirar. Es precisamente ahí en donde In The Flesh se lleva el gato al agua aunque sin demasiado acierto, todo sea dicho. Campbell nos propone mirar por el otro lado de la caja oscura, intentar entender como se podría sentir alguien que ya no vive, pero que es obligado a vivir como si así fuera. Tanto Kieren como sus padres, están completamente desubicados. No entienden qué deben hacer ahora con su hijo, más bien, su no hijo. Quizás el personaje que mejor sabe conducir ese sentimiento es el de la hermana de Kieren, Jem (interpretada por una fantástica Harriet Cains), que forma parte de las brigadas anti-PDS y que no logra entender la postura de los zombies hasta el final.

El espectador realiza una revisión parecida. Lo importante en In The Flesh no son los zombies, ni el nivel épico de la realización, ni las persecuciones, ni el instinto de supervivencia o las armas, en este caso el ejercicio que se propone al visionar la cinta de la BBC es el de la empatía y el cambio de roles. Porque los zombies reinsertados en la sociedad no son más que una metáfora, calcada en papel vegetal, de otras muchas premisas como Frankenstein, Freaks o más recientemente, True Blood; el miedo a lo desconocido y el esnobismo contra aquello que no sea igual al ser humano. Aunque en realidad, ni Kieren ni su mejor amigo Rick (para el que se guardaron un sorprendente giro de guión en la season finale), son personas. Más bien, son el reflejo de lo que una vez fueron y de lo que nunca podrán volver a ser. Porque por mucho que sea factible resucitar a los muertos, nunca será posible traer de vuelta su alma. Algo que también sabe explorar muy bien el primer episodio de la segunda temporada de Black Mirror y que nos hace recapacitar sobre el lugar que encaja la muerte en el día a día de las personas.

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En contraposición a la muerte y al sentimiento de pérdida al que el ser humano se aferra desde tiempos inmemoriales, se contrapone con fuerza el de la aceptación y la inmersión cultural que muchos de los personajes de la serie, congraciados bajo el estandarte de Bill Macy (Steve Evets), no logran experimentar en los primeros capítulos pero que poco a poco terminarán por encajar, sobretodo cuando lo que le pasa al vecino termina por afectarles a ellos mismos. Nadie logra aceptar a los zombies, pero en realidad los zombies, nunca han llegado a existir. Quizás Campbell los utiliza como telón de fondo para dar una segunda oportunidad a las personas, tanto a los mortales para despedirse como a los muertos de cerrar sus asuntos. Si más no, la escena del coche entre Rick y Kieren nos hace pensar en algo por el estilo. Lo malo es que, si esa era la idea inicial de Campbell y Mitchell, la profundidad dramática de los personajes no termina de ayudar para que una premisa de ese tipo logre hacer pie.

Por otro lado, el único momento en el que logramos ver a los afectados por el virus es de manera secundaria y con una clara influencia humanista, representada en la figura del padre que intenta proteger a su hija de la horda de Macy y cía. Quizás por ello, los que esperen encontrar en In The Flesh una nueva entrega de la sangrienta colonización de un grupo de zombies a la inglesa, van bastante desencaminados. No sólo por la premisa, que da la vuelta completamente a las piezas que dispersa The Walking Dead, sino porque considero que es imprescindible dar salida a este tipo de productos alternativos, por mucho que al final la ejecución de la premisa siga siendo bastante patillera.

 In The Flesh

In The Flesh es una serie recomendable, si, pero tiene un buen número de importantes taras visibles ya desde el capítulo uno. Empezando por el protagonista, un jovencísimo Luke Newberry, que nos entra por los ojos con ese rostro cetrino y ausento de vida, pero que a medida que pasan los minutos se desinfla como un globo mal pinchado. En contraposición, Harriet Cains salva los muebles de una casa en la que el peso dramático de los padres se distribuye prácticamente de manera ecuánime hacia ella, dejando de lado la figura de los progenitores como un pero telón de fondo. Por otro lado, la representación del pueblo o “masa” receptora de los enfermos de PDS no es mucho mejor, con un histriónico Steve Evets como un líder incansable de la resistencia y la lucha por el british way of life, que desemboca en la descontextualización del mismo a través de su hijo Rick, interpretado por David Walmsley. Echo de menos una figura alternativa y etérea, que ponga un poco de sentido en todo esto. Todos tienen un papel clave en la construcción narrativa del argumento de In The Flesh, que más allá de incitarnos a odiar a los zombies, nos hace reflexionar con ellos y plantearnos quienes son la verdadera amenaza; el ser humano o ellos.

Aunque parezca una premisa manida (homo homini lupus), lo cierto es que lo único que salvaría de la serie sería esa baza más conceptual que la ejecución de la misma en sí. Un producto que te obligue a ir más allá del mero producto en si. Pese a llevar la factura visual de la BBC y con un telón de fondo favorecido por la época de fandom zombie que estamos sufriendo últimamente, In The Flesh podría haber apretado mucho más la tuerca, componiendo un mapa social arriesgado y con unos conflictos morales duros y recalcados a través de otro tipo de subtramas. No obstante, y teniendo en cuenta el resto de alternativas que nos ofrece la parrilla actual, el drama de la BBC se erige como una de las alternativas más apetecibles y atractivas para el espectador medio, cansado de blockbusters y revivals patilleros. Una buena manera de reflexionar sobre la moralidad y tolerancia social de nuestro tiempo, sin perder de vista el telón fantástico de fondo.

Lo mejor: la revisión del concepto zombie

Lo peor: falta de ritmo, poca fuerza de los personajes y tramas poco interesantes

Tiene una retirada a: Black Mirror

Impresión final: 6/10

Bates Motel

Cuando te sientas a escribir sobre algo en lo que todo el mundo parece coincidir religiosamente, sabes que te van a llover collejones como panes. Quizás porque en la sociedad actual todo lo mueve un poco el famoso postureo y el mainstream o simplemente porque tu vas errado y ya está; pero lo cierto es que Bates Motel es una de esas series que suele sacar el verdadero fondo de la gente; o te encanta o la odias con todas tus fuerzas. No hay término medio. Y esto es muy peligroso y más viniendo de una cadena como la A&E, en donde tampoco abunda mucho el buen drama y que parece querer meterse al público en el bolsillo con este nuevo wannabe patillero de Psycho y Twin Peaks, remezclado con toques de terror y cine noir. ¿El resultado? Una historia confusa a la par que naïf, demasiado teatralizada y que no aporta absolutamente nada al género televisivo contemporáneo. Sin olvidar a Freddie Highmore, que sigue confirmándome que lo mejor que le podría haber pasado es que le hubieran dejado encerrado en la fábrica de Willy Wonka. No obstante y gracias a Dios, no todo el mundo parece haber encajado igual la serie de Anthony Cipriano y Bates Motel terminó convirtiéndose en el estreno más visto de la cadena con más de tres millones de espectadores.

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He de admitir que nunca he sido muy fan de la intriga o del terror. Mi primera enganchada al género fue con Lost, que a veces parecía beber un poco de ambas charcas (a mi que no me digan que las uñas de Naveen Andrews no eran para salir corriendo), pero terminé por aparcarlo a un lado en vista del poco respeto que profesan los guionistas de hoy en día por el espectador medio. Quizá por ello encaraba Bates Motel con miedo. Ese miedo de que me volviera a pasar lo mismo que con 666 Park Avenue, Persons Unknown o The River y quedarme con cara de pan de centeno y un enorme WTF en la frente. Y mira tu por donde, Bates Motel me lo ha puesto demasiado fácil porque no creo que vaya a pasar de la mitad de temporada. Porque no inventa nada, ni quiere ser nada nuevo, aunque en alguna de las críticas que he leído en The Hollywood Reporter la citen como la pre cuela contemporánea de Psycho. Afirmación que les viene de perlas a los creadores de la serie para marcarse una de esas “influenciado por” tan hipster, citando al bueno de Hitchcock, que está claro que no le van a dejar descansar ni bajo tierra.

La historia de Bates Motel, como ya he comentado anteriormente, no es muy original. Narra la vida de los Norman, una acomodada familia de clase media cuya realidad se ve truncada brutalmente el día en que Norman (Freddie Highmore) encuentra el ensangrentado cuerpo de su padre en el garaje de casa. Ante semejante trauma adolescente que se les viene encima, Norma (Vera Farmiga), decide mudarse de allí y darle una vida mejor a su hijo en el Motel Bates, situado en el ficticio pueblo de Carolina del norte, White Pines Bay. Algo así como Casper, pero más negro y por cable. El destartalado edificio en cuestión parece erigirse como el macguffin principal de la historia y alrededor del cual se centrará el núcleo central de la trama, como bien ha comenzado a perfilar Cipriano y cía en el primer capítulo. No sabemos si con el objetivo de American Horror Story, que convierte la mansión de los Harmon en un eje más de la acción que cobra vida e interactúa con los personajes, o simplemente porque ubicar a los Norman allí era un must para justificar todo lo que se les viene encima. Que precisamente no creo que sea un amigable fantasma con una bombilla por cabeza, y sus deslenguados tíos.

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Y si en Bates Motel no hay suspense que valga, las interpretaciones no son nada del otro mundo. En especial la de Freddie Highmore, que da vida a un introvertido joven en plena pubertad (no hay más que ver como se le asoma el instinto sexual en la parada del autobús ante tanta fémina), que deberá luchar para preservar su vida privada y convivir con el yugo familiar que le impone su madre. “El mejor amigo de un chico es su madre” reza el tagline promocional de la serie, y no le falta razón. Y si con esta trama no teníamos bastante, Cipriano y cía nos plantan un bonito giro de guión que le da la vuelta a la historia para enfocarla hacia un thriller de suspense y oscuro sobre la supervivencia de una familia; primero a la pérdida del patriarca y cabeza de familia y luego al altercado que sucede en el piloto. Pero ante todo prevalece ese concepto tan convencional sobre la familia del que presumen los americanos y que tanto les gusta ver reflejado en todas las series que ven, sean canadienses o homemade.

Pero el thriller de Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano, consciente o no de sus taras a nivel de construcción dramática de personajes, parece encarrilarse hacia el realismo mágico y en la fábula del todo vale, que tan de moda han puesto series como The River, Lost o Fringe. Cubriendo un puesto tan mítico como el de ésta última, no considero que Bates Motel busque reinventar el género si no encajar en él como un guante e intentar probar suerte con el espectador dividido entre las network y el cable. Pero dentro de este entramado tan complejo como es la ficción televisiva, hay algunos elementos que juegan a favor de Bates Motel y que podrían repuntar sus lagunas cualitativas hacia a un nuevo nivel completamente nuevo; la factura visual, la exquisita selección de las localizaciones y la cuidada puesta en escena, ponen de manifiesto la controversia visual en la que vive sumida la serie, que durante el piloto intenta mantenerse a flote con un salvavidas que le viene demasiado grande. Por ello no es de extrañar que en el video promocional del próximo capítulo emitido por la A&E, no haya espacio para las conversaciones moñas entre madre e hijo o los filtreos con las mozas de turno. Bates Motel vive del misterio y no de la evolución dramática de los personajes.

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En resumidas cuentas, Bates Motel no me ha convencido. No considero que sea un producto competente, pero si que ha sabido escoger el momento idóneo para salir del cascarón y quizás sea eso lo que le valga para salvar los muebles. Carlton Cuse siempre es sinónimo de bizarrismo a borbotones, pero durante el piloto he visto una contención admirable en cuanto a hechos paranormales se refiere, perfilando a los personajes y situándolos en el marco ficticio en el que el espectador puede hacerse una primera idea de cómo son. Entre ellos merece la pena mencionar a Nestor Carbonell, que ya participó en Lost y que parece estar de capa caída, con papeles cada vez más mediocres y de tercera fila, pero que pone una nota de color a una discordante factura entre lo narrativo y lo visual. Un desequilibrio que, de no resolverse pronto, podría ser el talón de Aquiles de una serie que, si no pretende ser más de lo que es, puede pasar de la primera temporada.

Lo mejor: la factura visual y las localizaciones

Lo peor: un guión flojo y actuaciones previsibles

Tiene una retirada a: Hostel, Twin Peaks

Primera impresión: 5/10