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In The Flesh

Innovar es bueno. A veces me atrevería a decir, que esencial. Pero cuando centramos un producto; dígase una serie, un libro o una película de cualquier tipo, en esa premisa como leitmotiv vehicular para atrapar al espectador, nos podemos meter en camisa de once varas. Y eso mismo sucede en In The Flesh, el nuevo drama del tándem Jonny Campbell/Dominic Mitchell y con el inequívoco sello de la BBC, una revisión del mito zombie imperante hasta la fecha y que aporta una visión completamente alternativa de la realidad impuesta por algunas series como The Walking Dead o Death Valley. Pero parece, que eso no es suficiente. La miniserie, de momento no hay prevista segunda temporada, navega entre un mar de inseguridades que se alargarán hasta bien entrado el final de la serie (bluf incluido) y unas interpretaciones histriónicas a la par que muy poco complejas, que nos sacan completamente del devenir de la trama. No obstante, In The Flesh ha conseguido cautivar a la crítica y vuelve a afianzar a la BBC como la “esperanza alternativa” para aquellos que huyen del costumbrismo norteamericano.

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Kiren Walker es un zombie. Bueno, lo era. Lo es. La sociedad que nos presenta In The Flesh, que cae en esa eterna dicotomía la mayor parte del tiempo, es el de una realidad completamente diferente a la nuestra, pero que sigue compartiendo la mayoría de trazos dominantes en cuanto a conductismo y tolerancia humana se refiere. La premisa es muy simple; una empresa lanza al mercado la cura para el PDS (Partially Deceased Syndrome), una droga que permite reinsertar a los zombies en la sociedad de manera ordenada y natural. La única contraindicación que todavía no ha sido posible resolver es el instinto animal y asesino que guardan todos los muertos vivientes y que sus familiares deberán saciar con una inyección diaria en el cogote de un extraño compuesto. Pero los zombies, siguen siendo zombies, por mucho que la mitad del presupuesto de la serie se vaya en lentillas de usar y tirar. Es precisamente ahí en donde In The Flesh se lleva el gato al agua aunque sin demasiado acierto, todo sea dicho. Campbell nos propone mirar por el otro lado de la caja oscura, intentar entender como se podría sentir alguien que ya no vive, pero que es obligado a vivir como si así fuera. Tanto Kieren como sus padres, están completamente desubicados. No entienden qué deben hacer ahora con su hijo, más bien, su no hijo. Quizás el personaje que mejor sabe conducir ese sentimiento es el de la hermana de Kieren, Jem (interpretada por una fantástica Harriet Cains), que forma parte de las brigadas anti-PDS y que no logra entender la postura de los zombies hasta el final.

El espectador realiza una revisión parecida. Lo importante en In The Flesh no son los zombies, ni el nivel épico de la realización, ni las persecuciones, ni el instinto de supervivencia o las armas, en este caso el ejercicio que se propone al visionar la cinta de la BBC es el de la empatía y el cambio de roles. Porque los zombies reinsertados en la sociedad no son más que una metáfora, calcada en papel vegetal, de otras muchas premisas como Frankenstein, Freaks o más recientemente, True Blood; el miedo a lo desconocido y el esnobismo contra aquello que no sea igual al ser humano. Aunque en realidad, ni Kieren ni su mejor amigo Rick (para el que se guardaron un sorprendente giro de guión en la season finale), son personas. Más bien, son el reflejo de lo que una vez fueron y de lo que nunca podrán volver a ser. Porque por mucho que sea factible resucitar a los muertos, nunca será posible traer de vuelta su alma. Algo que también sabe explorar muy bien el primer episodio de la segunda temporada de Black Mirror y que nos hace recapacitar sobre el lugar que encaja la muerte en el día a día de las personas.

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En contraposición a la muerte y al sentimiento de pérdida al que el ser humano se aferra desde tiempos inmemoriales, se contrapone con fuerza el de la aceptación y la inmersión cultural que muchos de los personajes de la serie, congraciados bajo el estandarte de Bill Macy (Steve Evets), no logran experimentar en los primeros capítulos pero que poco a poco terminarán por encajar, sobretodo cuando lo que le pasa al vecino termina por afectarles a ellos mismos. Nadie logra aceptar a los zombies, pero en realidad los zombies, nunca han llegado a existir. Quizás Campbell los utiliza como telón de fondo para dar una segunda oportunidad a las personas, tanto a los mortales para despedirse como a los muertos de cerrar sus asuntos. Si más no, la escena del coche entre Rick y Kieren nos hace pensar en algo por el estilo. Lo malo es que, si esa era la idea inicial de Campbell y Mitchell, la profundidad dramática de los personajes no termina de ayudar para que una premisa de ese tipo logre hacer pie.

Por otro lado, el único momento en el que logramos ver a los afectados por el virus es de manera secundaria y con una clara influencia humanista, representada en la figura del padre que intenta proteger a su hija de la horda de Macy y cía. Quizás por ello, los que esperen encontrar en In The Flesh una nueva entrega de la sangrienta colonización de un grupo de zombies a la inglesa, van bastante desencaminados. No sólo por la premisa, que da la vuelta completamente a las piezas que dispersa The Walking Dead, sino porque considero que es imprescindible dar salida a este tipo de productos alternativos, por mucho que al final la ejecución de la premisa siga siendo bastante patillera.

 In The Flesh

In The Flesh es una serie recomendable, si, pero tiene un buen número de importantes taras visibles ya desde el capítulo uno. Empezando por el protagonista, un jovencísimo Luke Newberry, que nos entra por los ojos con ese rostro cetrino y ausento de vida, pero que a medida que pasan los minutos se desinfla como un globo mal pinchado. En contraposición, Harriet Cains salva los muebles de una casa en la que el peso dramático de los padres se distribuye prácticamente de manera ecuánime hacia ella, dejando de lado la figura de los progenitores como un pero telón de fondo. Por otro lado, la representación del pueblo o “masa” receptora de los enfermos de PDS no es mucho mejor, con un histriónico Steve Evets como un líder incansable de la resistencia y la lucha por el british way of life, que desemboca en la descontextualización del mismo a través de su hijo Rick, interpretado por David Walmsley. Echo de menos una figura alternativa y etérea, que ponga un poco de sentido en todo esto. Todos tienen un papel clave en la construcción narrativa del argumento de In The Flesh, que más allá de incitarnos a odiar a los zombies, nos hace reflexionar con ellos y plantearnos quienes son la verdadera amenaza; el ser humano o ellos.

Aunque parezca una premisa manida (homo homini lupus), lo cierto es que lo único que salvaría de la serie sería esa baza más conceptual que la ejecución de la misma en sí. Un producto que te obligue a ir más allá del mero producto en si. Pese a llevar la factura visual de la BBC y con un telón de fondo favorecido por la época de fandom zombie que estamos sufriendo últimamente, In The Flesh podría haber apretado mucho más la tuerca, componiendo un mapa social arriesgado y con unos conflictos morales duros y recalcados a través de otro tipo de subtramas. No obstante, y teniendo en cuenta el resto de alternativas que nos ofrece la parrilla actual, el drama de la BBC se erige como una de las alternativas más apetecibles y atractivas para el espectador medio, cansado de blockbusters y revivals patilleros. Una buena manera de reflexionar sobre la moralidad y tolerancia social de nuestro tiempo, sin perder de vista el telón fantástico de fondo.

Lo mejor: la revisión del concepto zombie

Lo peor: falta de ritmo, poca fuerza de los personajes y tramas poco interesantes

Tiene una retirada a: Black Mirror

Impresión final: 6/10

Bates Motel

Cuando te sientas a escribir sobre algo en lo que todo el mundo parece coincidir religiosamente, sabes que te van a llover collejones como panes. Quizás porque en la sociedad actual todo lo mueve un poco el famoso postureo y el mainstream o simplemente porque tu vas errado y ya está; pero lo cierto es que Bates Motel es una de esas series que suele sacar el verdadero fondo de la gente; o te encanta o la odias con todas tus fuerzas. No hay término medio. Y esto es muy peligroso y más viniendo de una cadena como la A&E, en donde tampoco abunda mucho el buen drama y que parece querer meterse al público en el bolsillo con este nuevo wannabe patillero de Psycho y Twin Peaks, remezclado con toques de terror y cine noir. ¿El resultado? Una historia confusa a la par que naïf, demasiado teatralizada y que no aporta absolutamente nada al género televisivo contemporáneo. Sin olvidar a Freddie Highmore, que sigue confirmándome que lo mejor que le podría haber pasado es que le hubieran dejado encerrado en la fábrica de Willy Wonka. No obstante y gracias a Dios, no todo el mundo parece haber encajado igual la serie de Anthony Cipriano y Bates Motel terminó convirtiéndose en el estreno más visto de la cadena con más de tres millones de espectadores.

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He de admitir que nunca he sido muy fan de la intriga o del terror. Mi primera enganchada al género fue con Lost, que a veces parecía beber un poco de ambas charcas (a mi que no me digan que las uñas de Naveen Andrews no eran para salir corriendo), pero terminé por aparcarlo a un lado en vista del poco respeto que profesan los guionistas de hoy en día por el espectador medio. Quizá por ello encaraba Bates Motel con miedo. Ese miedo de que me volviera a pasar lo mismo que con 666 Park Avenue, Persons Unknown o The River y quedarme con cara de pan de centeno y un enorme WTF en la frente. Y mira tu por donde, Bates Motel me lo ha puesto demasiado fácil porque no creo que vaya a pasar de la mitad de temporada. Porque no inventa nada, ni quiere ser nada nuevo, aunque en alguna de las críticas que he leído en The Hollywood Reporter la citen como la pre cuela contemporánea de Psycho. Afirmación que les viene de perlas a los creadores de la serie para marcarse una de esas “influenciado por” tan hipster, citando al bueno de Hitchcock, que está claro que no le van a dejar descansar ni bajo tierra.

La historia de Bates Motel, como ya he comentado anteriormente, no es muy original. Narra la vida de los Norman, una acomodada familia de clase media cuya realidad se ve truncada brutalmente el día en que Norman (Freddie Highmore) encuentra el ensangrentado cuerpo de su padre en el garaje de casa. Ante semejante trauma adolescente que se les viene encima, Norma (Vera Farmiga), decide mudarse de allí y darle una vida mejor a su hijo en el Motel Bates, situado en el ficticio pueblo de Carolina del norte, White Pines Bay. Algo así como Casper, pero más negro y por cable. El destartalado edificio en cuestión parece erigirse como el macguffin principal de la historia y alrededor del cual se centrará el núcleo central de la trama, como bien ha comenzado a perfilar Cipriano y cía en el primer capítulo. No sabemos si con el objetivo de American Horror Story, que convierte la mansión de los Harmon en un eje más de la acción que cobra vida e interactúa con los personajes, o simplemente porque ubicar a los Norman allí era un must para justificar todo lo que se les viene encima. Que precisamente no creo que sea un amigable fantasma con una bombilla por cabeza, y sus deslenguados tíos.

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Y si en Bates Motel no hay suspense que valga, las interpretaciones no son nada del otro mundo. En especial la de Freddie Highmore, que da vida a un introvertido joven en plena pubertad (no hay más que ver como se le asoma el instinto sexual en la parada del autobús ante tanta fémina), que deberá luchar para preservar su vida privada y convivir con el yugo familiar que le impone su madre. “El mejor amigo de un chico es su madre” reza el tagline promocional de la serie, y no le falta razón. Y si con esta trama no teníamos bastante, Cipriano y cía nos plantan un bonito giro de guión que le da la vuelta a la historia para enfocarla hacia un thriller de suspense y oscuro sobre la supervivencia de una familia; primero a la pérdida del patriarca y cabeza de familia y luego al altercado que sucede en el piloto. Pero ante todo prevalece ese concepto tan convencional sobre la familia del que presumen los americanos y que tanto les gusta ver reflejado en todas las series que ven, sean canadienses o homemade.

Pero el thriller de Carlton Cuse, Kerry Ehrin y Anthony Cipriano, consciente o no de sus taras a nivel de construcción dramática de personajes, parece encarrilarse hacia el realismo mágico y en la fábula del todo vale, que tan de moda han puesto series como The River, Lost o Fringe. Cubriendo un puesto tan mítico como el de ésta última, no considero que Bates Motel busque reinventar el género si no encajar en él como un guante e intentar probar suerte con el espectador dividido entre las network y el cable. Pero dentro de este entramado tan complejo como es la ficción televisiva, hay algunos elementos que juegan a favor de Bates Motel y que podrían repuntar sus lagunas cualitativas hacia a un nuevo nivel completamente nuevo; la factura visual, la exquisita selección de las localizaciones y la cuidada puesta en escena, ponen de manifiesto la controversia visual en la que vive sumida la serie, que durante el piloto intenta mantenerse a flote con un salvavidas que le viene demasiado grande. Por ello no es de extrañar que en el video promocional del próximo capítulo emitido por la A&E, no haya espacio para las conversaciones moñas entre madre e hijo o los filtreos con las mozas de turno. Bates Motel vive del misterio y no de la evolución dramática de los personajes.

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En resumidas cuentas, Bates Motel no me ha convencido. No considero que sea un producto competente, pero si que ha sabido escoger el momento idóneo para salir del cascarón y quizás sea eso lo que le valga para salvar los muebles. Carlton Cuse siempre es sinónimo de bizarrismo a borbotones, pero durante el piloto he visto una contención admirable en cuanto a hechos paranormales se refiere, perfilando a los personajes y situándolos en el marco ficticio en el que el espectador puede hacerse una primera idea de cómo son. Entre ellos merece la pena mencionar a Nestor Carbonell, que ya participó en Lost y que parece estar de capa caída, con papeles cada vez más mediocres y de tercera fila, pero que pone una nota de color a una discordante factura entre lo narrativo y lo visual. Un desequilibrio que, de no resolverse pronto, podría ser el talón de Aquiles de una serie que, si no pretende ser más de lo que es, puede pasar de la primera temporada.

Lo mejor: la factura visual y las localizaciones

Lo peor: un guión flojo y actuaciones previsibles

Tiene una retirada a: Hostel, Twin Peaks

Primera impresión: 5/10

1600 Penn

Cuando una serie te sale rana y resulta ser como 1600 Penn, pueden pasar dos cosas. Una; que se genere una expectación inversamente proporcional a su falta de humor y clasicismo; y la otra es que, directamente, la cadena se la saque de encima más pronto que tarde, tal y como ha sucedido en otras ocasiones con comedias de poca monta como Work It o Shit! My Dad Says. No obstante, cuando hay un peso pesado de por medio como es Bill Pullman, la cosa parece cambiar por completo. Y es que la nueva serie política del protagonista de Casper o While You Where Sleeping, firma una de esas interpretaciones anodinas y muy poco creíbles en 1600 Penn, una supuesta comedia sobre las idas y venidas de la familia del ficticio presidente de los Estados Unidos, Dale Gilchrist. En algunas críticas he leído de todo, incluso que nos encontrábamos ante el nuevo wannabe de Modern Family, en una época en la que las cadenas buscan exprimir la moda de los clásicos como sea. Pero nada más lejos de la realidad y la NBC parece estar en el mismo punto de flaco optimismo que el espectador. Con unos ratings cayendo en picado, hemos pasado de 1.3 a 1.1 en demográficos en tan sólo dos episodios, y la reacción de una crítica bastante descontenta, la cadena se ha visto obligada a reprogramar la serie en varias ocasiones para intentar forzar su inverosímil remontada.

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Supongo que la mayoría de los de mi generación, somos un poquito fans de Bill Pullman. Un poquito. Aunque sólo sea por las constantes reposiciones de Casper las tardes de los domingos en TVE cuando éramos teen y aún se vía la tele, el bueno de Pullman se merece, de entrada, el beneficio de la duda. Y es que hubo un tiempo en el que el nombre del neoyorquino era sinónimo de éxito, o al menos, de cierta empatía. Luego está lo que haces cuando pasas la barrera de los cincuenta. Si no que se lo digan a Hasselhoff y cía. Probablemente lo que le debe de estar pasando al actor (ensombrecido en esta comedia por un insufrible y abofeteable a partes iguales Josh Gad) que a sus 59 años, debería escoger mejor en qué proyectos pone el pie. Y eso que esta vez la temática escogida no ha sido errónea, a la vista está de que al público le gusta la política, por mucho que no comulgue con ella, y actualmente la parrilla no está muy saturada de éste género, salvo las puristas Veep o The Newsroom. Pero el trío compuesto por el propio Josh Gad, Jon Lovett y Jason Winer, no lo han sabido aprovechar. Durante el piloto emitido el pasado 17 de diciembre, 1600 Penn parecía encaminarse hacia el rastro que dejaba Veep, en la que se reflejaba así de pasada y de la que se desligó completamente para pasar a convertirse en una parodia de sí misma. En algunos de los tráilers que corrían por la red, la cadena se atrevió a mencionar que algunos críticos veían a 1600 Penn “era la respuesta a Modern Family”, una afirmación que, obviamente, se le queda bastante grande. Repetición de clichés, abuso de gags raciales y despótas, falta de ritmo y de inverosimilitud de los diálogos, son algunos de los errores que se aglutinan en el insulso guión de Gad.

1600 Penn - Season Pilot

Si el guión de 1600 Penn no es de lo mejor que tiene la comedia, la actuación del resto de los actores son prácticamente inexistentes. En un marco de acción dirigido en su totalidad a la figura de Josh Gad, el actor se pavonea por casi todos los planos haciendo gala de un petulante narcisismo y un afán de protagonismo absoluto. Pero si en algunos casos este tipo de personajes se hacen fácilmente toreables, en esta serie terminan siendo su talón de Aquiles. Bill Pullman es un actor limitado, pero de vez en cuando, se le puede sacar algún registro que otro. Quizás su recauchutado rostro y ese pelo muy John Travolta que le han cardado los de maquillaje y peluquería, no ayuden a meter al público en su personaje, pero el muchacho lo intenta. Al igual que Jenna Elfman. Si tuviera que salvar a alguien de todo este entramado sería sin duda la actriz californiana, que interpreta a la mujer de Pullman, demostrando ser una sorprendente primera dama de banquillo para cuando a Michelle Obama se le acaben las pilas. El resto se diluyen en una factura visual que pasa el cinco raspado y que peligrosamente me recuerda el estilo mockumentary de Veep, pero sin ir más allá.

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Innovar cuesta y cuando te colocan un guión tan flojo como el de Gad es difícil pasar el corte. 1600 Penn es una serie aburrida, prescindible y en ocasiones, puede llegar a rozar la vergüenza ajena. En reiteradas ocasiones he oído quejas sobre el favoritismo de las cadenas hacia series que se venden por los actores y no tanto por el contenido y en este caso está claro que la NBC aguanta la serie a verlas venir. No le tembló el pulso cuando se finiquitó a Do No Harm tras dos capítulos emitidos y esperemos que no se lo vuelva a pensar dos veces con 1600 Penn. Personalmente, considero que hay un ínfimo potencial en la serie, casi inexistente, pero que deja la puerta abierta a que un respiro en la parrilla les permita a los guionistas hacer caso de la crítica y sentarse a replantear el sino de la serie. Mientras tanto, siempre nos quedará la inexpresiva cara de Pullman y el encanto de su mujer,

Lo mejor: Bill Pullman siempre será un buen reclamo. Y luego está Jenna Elfman

Lo peor: el guión, Josh Gad y el poco ritmo de la serie

Tiene una retirada a: a Veep y de refilón

Calificación final: 4/10

Do No Harm

Estoy segura de que si le hubieran dicho a Robert Louis Stevenson que después de 127 años todavía se seguirían haciendo remakes de una de sus obras más conocidas, una arcaica edición en inglés de 1886 conocida bajo el nombre de Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, arramblaría con una botella de buen whisky y se volvería, sin perder un segundo, a dormirla al monte Vaea. No sólo porque esa escena, la de un hombre enfilando una colina con la única compañía de su botella de alcohol, queda muy dramática sino porque el concepto de versionar a los clásicos (lo crean o no), ya no se lleva. Y mucho menos si se trata del nuevo drama de la NBC, que debería pasar a la posterioridad como un ejemplo de mala programación de la cadena (que no sabía muy bien como rellenar publicidad) que por una serie en si.

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Sea como fuere, la serie médica/psicológica/romántica/tróspida creada por David Schulner (que a la vez también actúa como productor ejecutivo) y protagonizada por Steven Pasquale, nos introduce en la caótica vida del Dr. Jason Cole, un famoso neurocirujano que vive encerrado en un trastorno disociativo de la identidad; por la mañana, de 8:25 am a 8:25 pm, es un ser bondadoso y cálido, que se preocupa por el buen hacer de sus pacientes y flirtea, sin acercarse demasiado, a su compañero de bisturí Lena Solís. No obstante, cuando cae la noche y su Casio empieza a sonar espasmódicamente, su alter ego Ian, entra en escena; un tipo rudo y con malas maneras, que lleva acosando a su primera novia, Olivia, desde que tiene uso de razón. Los malos rátings no se han hecho esperar y la cadena ya le ha dado pasaporte a la serie, que se ha convertido en uno de sus peores estrenos en lo que lleva de temporada.

La industria anda parca en ideas. Es cierto, si. Admitámoslo y sigamos con nuestras vidas, que ya somos todos mayorcitos. Al menos eso es lo que pensamos que tienen entre ceja y ceja los productores norteamericanos, que siguen sin recuperarse de la muerte de Lost, que repiten en modo loop los errores que llevaron a Fringe a la parte de atrás de una gasolinera con los pantalones medio bajados o que realizan un copy paste compulsivo de clásicos temas, a la par que recurrentes, como son los líos entre médicos, sucesos paranormales o calcomanías de Jack Bauers diversos. La audiencia quiere cosas nuevas. Y los blogueros, también. Que las cadenas, que pocas veces tienen en cuenta el nivel intelectual del público, arriesguen y se jueguen su última sota de bastos a un proyecto por el que el vecino no daría un duro. No hay más que echar un vistazo a Lena Dunham y su estrepitoso éxito en una plataforma tan exigente como es la HBO. Necesitamos más Utopias y menos The Mob Doctor, The Followings o The Carrie Diaries, por mucho que algunas de ellas me hayan entrado por el rabillo del ojo. Y Do No Harm no encaja con el perfil de la televisión que se consume hoy en día La que nos venden. Tal y como sucediera con My Own Worst Enemy en 2008, el mito de la doble personalidad no es un terreno en el que los guionistas, ya sean de la FOX o como en este caso de la NBC, dominen excesivamente bien. Pero sin más dilación, me gustaría hacer un poco de hincapié en algunas de las lagunas que hacen de Do No Harm, uno de los peores estrenos de la temporada.

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Hay actores de relleno y luego está Steven Pasquale. El actor de Rescue Me, se intenta colocar con calzador un personaje que le viene largo por todas partes. Incluso cuando se desdobla en el histriónico Ian, resulta incómodo, tanto visual como interpretativamente. Probablemente tampoco sea por culpa de la dirección de un tímido Jeffrey Reiner, al que le han cancelado ya otros títulos como Trauma y más recientemente Awake, y que demuestra estar encasillado en una realización previsible, torpe y tosca. Tampoco sabremos si con otro actor de más postín Do No Harm hubiera circulado con mejor suspensión (es el caso de Kiefer Sutherland en Touch), pero es que el guión restante tampoco ayuda demasiado. No hay un conflicto claro entre ambos personajes, únicamente una lucha entre un chulazo deslenguado y el típico pringado de turno. Aunque exista esa incapacidad de autocontrol y esa extraña pócima que la rata de laboratorio de Jason fabrica clandestinamente en los laboratorios del hospital, pero nada surte efecto en el espectador.

Por otro lado, la ambientación y la fotografía de la serie es de lo más cutre y molesta que he visto últimamente, eso sin desmerecer a Once Upon a Time que pelea duro para que nadie le quite ese puesto. Lo que debería ser un lugar diáfano y adaptado para pacientes, parece un centro social de extrarradio con claras deficiencias estructurales que embotellan más si cabe el transcurso de la historia. Además si a esto le sumamos a una plantilla conformada por Michael Esper, en un papel que debería de haber rechazado desde el minuto uno, y Phylicia Rashad como una directora de hospital encasillada y a la que los guionistas, apenas dejan lucirse. Pero todo ello no sirve de nada si tenemos en cuenta que la NBC ha retirado la serie de emisión y de momento no hay fecha fijada para los próximos capítulos siguientes. Acertada o no, dicha decisión ha abierto de nuevo la polémica disputa sobre si las series merecen un cierto nivel de capítulos para demostrar su evolución o directamente basta el piloto para desechar el resto.

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Personalmente considero que Do No Harm es un error. Un insulto hacia la mente de un espectador cada día más aburguesado con el nivel del cable y que tiene que escoger con medida qué títulos sigue y cuales se deja en el peaje. Eso no es malo, pero si una delgada línea de tiro para las cadenas que, en ocasiones inexplicables, dan luz verde a proyectos más propios de verano o viernes noche. Do No Harm podría haber escogido ser cualquier cosa; una revisión sobre el conflicto moral que implica ser dos personas, un remake contemporáneo pero respetando al clásico de siempre o un asalto del un trastorno disociativo de la identidad desde el punto de médico, más que psicológico. Pero no. La serie de David Schulner no lleva a nada, ni atraca en ningún puerto. Un nivel que, a estas alturas de temporada, no se puede permitir.

Lo mejor: la idea inicial es buena pero la realización posterior es un caos

Lo peor: un guión absurdo, actores mal dirigidos y una puesta en escena demasiado austera

Tiene una retirada a: My Own Worst Enemy

Calificación: 3/10

Robin Hood

Hacía tiempo, por no decir lustros, que tenía pendiente hacerme un visionado on fire de la veterana serie de la BBC, Robin Hood. Y digo veterana, no porque tenga más años que un loro, sino porque en pleno siglo XXI decir que algo es del 2006 es como muy old fashioned. Muy vintage. Sea como fuere e independientemente del trending del momento, lo cierto es que la season finale firmada por Simon J. Ashford me ha dejado un sabor de boca un tanto agridulce. Por un lado tristeza (supongo que todo seriéfilo sabrá de lo que hablo); por saber que ya no hay nada más, que el wannabe que tanto anhelaban Foz Allan y Dominic Minghella ha terminado decantándose hacia la rama de la monotonía y la austeridad narrativa (tan sólo a finales de la segunda temporada pudimos ver algo diferente a la espesura de los bosques de Sherwood), que por la clase de acción que pudiera rascarse de esa clase de historia. Me han faltado tramas más extremadas, violentas muertes que ensangrentaran el pavimento de las calles o personaje experimentales en un elenco de actores demasiado arquetípicos, que se mueven entre el puro lirismo del folklore inglés y el hastío de verse encerrados en una personalidad que se les queda pequeña. No para Jonas Armstrong, que resulta ser el Robin Hood menos convincente que he visto desde que tengo uso de razón. Y son unos años. Y luego, bueno, luego está Richard Armitage.

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Creo que no hace falta presentar a Robin Hood. Extraído del folklore popular ambientado en la convulsa Inglaterra de principios del siglo XIX, narra la leyenda de un forajido al margen de la ley que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Del pueblo para el publo. Algo así como un V en pleno medievo, pero sin máscara ni sombrero. No obstante, y con inevitable sorpresa, la BBC transforma una pieza muy poderosa en un peón sin importancia que mueve dos casillas para dejar paso al rey absoluto de toda la serie; Richard Armitage. El actor británico, que logró conquistarme en su interpretación de Jon Thorton en North and South, The Vicary of Dibley y recientemente en The Hobbit, logra fascinarme (más si cabe) a cada corte de plano. Guy of Gisborne, el antagonista de Robin, es un tipo oscuro, serio y maquiavélico, que bajo la alargada túnica del sheriff de Nottingham (interpretado por un fantástico Keith Allen) urde un plan para que Marion, la hermosa amada de su archienemigo Robin Hood, caiga en sus brazos para siempre. Esto desata una trama al más puro estilo McBeth (pérdida trágica incluida), que atrapa al espectador desde el principio, hastiado ya de tanto héroe cortado por el mismo patrón y que tiene su desenlace en una bizarra pero intensa finale en We are Robin Hood.

Robin Hood (así, a secas) es una serie sobre el poder de un hombre que desafía a un reino. De un hombre que conquista a una mujer, incluso cuando ésta es la inaccesible hija de un acaudalado y bien posicionado noble de la ciudad. De un hombre que es a la vez amigo, hermano, amante. De un hombre que, ante todo, es más que un hombre; es una leyenda. Pero ese hombre también es mortal. Posee las mismas debilidades que hacen tropezar a la condición humana y peca, se equivoca y se golpea en la cabeza con la misma piedra una y otra vez. Corrompe todo lo que le rodea. Porque tal y como dijo el tío de Peter Parker: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y normalmente el sino de un héroe, es el de estar solo. Quizá por ello Robin Hood es la oda a la soledad. La historia, y mira que resumir tres temporadas en una única crítica es harto complicado, del vacío existencialista que posee al ser humano desde que nace. Y precisamente es ahí donde la serie de la BBC no sabe aprovechar todo su potencial como se merece. Tan sólo en la última temporada, cuando vemos a un Robin hundido y cegado por la ira, es cuando logramos vislumbrar la verdadera naturaleza de un hombre que es de todo menos un personaje plano (por mucho que Armstrong se obceque en lo contrario). Robin se queda solo. Muere solo. Guy of Gisborne está solo (de hecho en la segunda temporada se lo confiesa a Marion cuando intenta ayudarle a escapar del castillo). El Sheriff de Nottingham, también está solo. Ninguno de los personajes principales de la serie logra conseguir paliar dicha soledad. Incluso cuando Robin se adentra en los bosques de Sherwood para descansar a los pies de un árbol y ve a Marion, sigue estando solo. El final de una leyenda, como el de la vida mismo, es la muerte. La única manera de perdurar para siempre.

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No obstante y por mucho que quizás me pese admitirlo, Robin Hood no es una serie de matrícula. Ni tan siquiera de notable raspado. Tampoco sé hasta que punto recomendaría su visionado en calidad de must, pero tiene algo. Y es grande. Quizás no comensa para salvar el resto de los muebles, pero lo cierto es que para mi fue empujón suficiente para terminarme las tres temporadas de un tirón. Y eso que parecía que la serie comenzaba como un producto para el público teen o más enfocado a la pura sátira, pero a medida que avanza la trama los guionistas deciden dejarse de cuentos y logran plasmar la malicia del hombre y la dureza del campo de batalla, tal y como es. Pero aunque esta evolución se produce y es palpable ante los ojos del espectador, los galimatías y la falta de coherencia narrativa terminan por hundir los pocos puntos fuertes que tiene la serie. Aunque tampoco podemos flagelarnos, si los guionistas deciden aburguesar nuestra mente con paisajes idílicos, una buena banda sonora y Richard Armitage, que nos quiten lo bailado.

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Hablar de Robin Hood podría llenar varias hojas de Word. Podríamos discutir de sus licencias históricas (un cura negro predicando la palabra del señor en la Inglaterra de XIX es un tanto inverosímil o la utilización del concepto “diente postizo”), unos efectos especiales dignos de Once Upon a Time o Ringer, la caracterización mimética de todos los extras que aparecen a lo largo de las tres temporadas o lo asombroso que puede llegar a ser un actor cuando le dan un papel a su medida. Sobretodo si trata de alguien de la talla de Armitage, que en los últimos capítulos de la serie ofrece una auténtica master class sobre interpretación dramática y de visionado obligatorio para todos aquellos que, como yo, somos drogodependientes de personajes atormentados y de difícil lectura. “Demons, clowning on my brain”, “I’m already in hell” o “Marion, the love of my life. She was always yours” son escenas soberbias. Metidas en la trama con calzador pero que te hacen mirar la serie con otros ojos. Los ojos de un Guy que no logra comprender nada de lo que sucede. Un poco la mirada del espectador, que parece que está viendo una serie cuando de repente, se da cuenta de que no era verdad. Y los guionistas juegan con eso. A darnos una tercera temporada llena de trampas, saltos de guión y licencias históricas, que luego terminan paliando con un final para quitarse el sombrero. Y el espectador lo asume, porque ya le ha conquistado el espíritu de los bosques de Sherwood, el olor a excremento de caballo y la dulce mirada de Marion tendiéndole la mano a Robin por última vez. Porque en el fondo, todos somos un poquito Robin Hood. Porque en el fondo todos, también estamos solos.

 

Lo mejor: la fotografía, la banda sonora y Richard Armitage.

Lo peor: las licencias históricas y unos giros de guión bastante bizarros.

Tiene una retirada a: Merlín.

Calificación final: 6/10

The Mob Doctor

Hay que ver lo pesadas que pueden llegar a ponerse las majors cuando les da por un género, ¿eh?. Primero fue el movimiento de lo paranormal (True Blood, The Vampire Diaries, The Gates, The Secret Circle o Once Upon a Time), luego vino el hype zombie con The Walking Dead a la cabeza y que trajo curiosos wannabes como Death Valley, la apuesta de la MTV para teens que no duró ni dos temporadas y ahora, en plena campaña pre-navideña, parece que Shonda Rhimes vuelve a poner de moda el manido concepto del medical drama. Y precisamente ahora, arrastrada por una corriente de lo más mainstream, The Mob Doctor llega a la parrilla de puntillas, como una de esas series que no sabes muy bien donde colocar; que si no es un drama médico (tres cuartas partes del capítulo se desarrollan en exteriores sureños con granjas y caminos de piedra de esas que se te meten en los pies); tampoco profundiza en los temas de la mafia; ni es una profecía gaussiana sobre el amor entre médicos. Entonces, ¿qué diablos es The Mob Doctor?

De bien es sabido que la FOX no es de ese tipo de cadenas a las que les guste innovar, al menos en lo que al terreno de series médicas se refiere. Lo intentaron con House M.D y les salió bien la jugada, hasta que el aburrimiento y la falta de creatividad de los guionistas hizo el resto. Luego llegó Fringe, una serie calcada a The X Files que logró ilusionarnos y hacernos vibrar a partes iguales, pero que terminará este año su última temporada sin pena ni gloria. ¿Quién nos iba a decir que con The Mob Doctor iba a ser diferente? Absolutamente nada. Y mira que la cadena naranja se preocupó por ella desde el principio, no hay más que ver el cásting de secundarios que se ha gastado en la producción y se rumorea, no sé si a ciencia cierta o no, que el título original de la serie era Mob Doctor, pero al final se añadió el The para que no hubiera inequívocos posibles. Todo ello para que al final el resultado de auténtico miedo.

La trama, si es que se le puede llamar así, narra la historia de Grace Devlin, una brillante doctora del sur de Chicago que un buen día se ve envuelta en los servicios de la mafia después de que su hermano Nate, empezara a juntarse con la gente equivocada. Lo cierto es que, a primera vista, la premisa tiene gancho. Te pica la nariz. No es el típico lío de faldas entre los quirófanos de un hospital. Interesan las dualidades que pueden generarse con ese tipo de vida. El bien y el mal (representado patilleramente en el nombre de la protagonista), la mentira y la verdad, la cura y el sufrimiento, etc… Pero después de dos episodios, decidí bajarme el segundo para darle un poco de cuerda, te das cuenta de que lo mejor que podría pasarte es que fueras tu el que le debieras dinero a la mafia y no Frace. Directamente. Así podrían aliviarte el suplicio de aguantar cuarenta minutos de reloj frente a un producto que no aporta absolutamente nada, ni a nivel dramático ni interpretativo. Y mira que la FOX metió mano en producción con un reparto de actores de la talla Zeljko Ivanek (algo así como un Morgan Freeman de la pequeña pantalla) y William Forsythe (spin off para él ya, por dios), pero ni con esas.

Es entonces cuando The Mob Doctor pasa a convertirse en una parodia de sí misma. De las de “Qué haces con la lisiada” que tanto me gustan. Con esas subtramas legañosas que no llevan a ningún lado (la química entre Zach Gilford y Jordana Spiro me produce grima) y unos personajes completamente secundarios que pasan a llevar el peso del capítulo y se comen a la protagonista de la serie con patatas porque lo único que es capaz de hacer es atusarse el pelo, no ayudan a sacarle brillo al verdadero hueso del jamón; la dualidad moral. ¿Qué hacer cuando el amor por un ser querido te lleva a traspasar los límites de la ley? Eres un terrorista, un marginado social. Si el guión de The Mob Doctor no profundiza en la responsabilidad que supone la capacidad de sanar, por decirlo de alguna manera, la de salvar vidas de maleantes, mafiosos y usureros, si que lo hace su montaje. De ritmo correcto y con una fotografía bastante cuidado (ojalá pudiéramos decir lo mismo del guión), la parte visual es lo único que parece salvar un producto condenado a la cancelación desde el minuto uno.

Sea como fuere, lo cierto es que a The Mob Doctor le queda mecha para rato. O al menos eso es lo que nos da a entender las recientes noticias que confirman dos nuevos fichajes para la serie, me imagino que como secundarios, compuestos por Michael Madsen y Jennifer Beals. El primero, para el que no hace falta carta de presentación, dará vida a Russell King un veterano criminal que, a raíz de un fuerte dolor, se percata de que necesita cirujía inmediata. Por su parte, a Beals (The L Word) hasta los últimos capítulos de noviembre, en los que interpretará a la ex novia de Constantine y que ahora está casada con un jefe de la mafia del norte de Chicago. No sabemos si ésta información significa que la FOX está pensándose la renovación, por aquello de seguir con el tópico de que es una cadena a la que le va la marcha, o será una última intentona para salvar los muebles con éxito. Por A o por B, lo cierto es que la serie no tiene pinta de tener el beneplácito del público y las críticas, al menos las que yo he leído, no son nada alentadoras. Bastará con esperar la resolución de la FOX, la única que hoy por hoy parece confíar en sus proyectos.

Lo mejor: William Forsythe.

Lo peor: la serie no hay por donde cogerla y la voz en off a lo Meredith Grey.

Tiene una retirada a: Sons of Anarchy, Grey’s Anatomy y Nurse Jackie.

Primera impresión: 4/10

Good Cop

“El problema de ser policía es que ves demasiada mierda. El mundo es bueno. La gente es buena” afirma el padre de Sav, que juega a ser Dios mientras respira en su cama entrecortadamente. Esta frase (por muy banal que pueda parecer), es el punto de partida del nuevo drama policíaco de la BBC con claros tintes de Luther (no hay más que ver la estética y lo tétrico que puede dibujarse Londres), y protagonizado por el sorprendente y aún poco explotado, Warren Brown. Con el piloto de unos cincuenta minutos aproximados de duración (para mi gusto, un pelín largo), Stephen Butchard (House of Saddam) asienta una historia contenida en sí misma, sin demasiados artilugios visuales ni narrativos, que precipitan al espectador a un auténtico dilema moral desde el minuto cero y que termina alargándose hasta el cliffhanger final; ¿el lado oscuro del ser humano puede corromper hasta el hombre de ley más comprometido? Pese a que esta no es la primera vez que una ficción televisiva se sumerge en explotar esta disyuntiva tan peliaguda, lo cierto es que Good Cop ha sabido reinventarse y ofrecer una premisa abierta y desenfadada, en donde el espectador puede escoger el punto de vista moral que más le convenga.

Darren Brown, que parece haber aprendido mucho de Idris Elba en estos tres años, se mete en la piel de John Paul Rocksavage ‘Sav’, un agente de la policía londinense que se ve inmerso en un alud de acontecimientos que le llevarán a replantarse su postura moral frente a la vida y sobretodo, hacia la condición de los criminales que día tras día termina enviando entre rejas. Quizás también influya la aparición de Stephen Graham, el actor que viene dispuesto a quitarle a Morgan Freeman el récord de películas protagonizadas por segundo, interpreta a Noel Finch; un despreciable capo de lo que parece ser una pequeña mafia underground de los suburbios de Londres, que no soporta a los policías y le encanta acongojar a camareras en lavabos públicos. Precisamente Finch y sus compinches serán los principales antagonistas de Sav durante el piloto, además del caso de un joven cuyo hermano de apenas unos meses, muere repentinamente en sus brazos y que no termino de comprender muy bien que pinta ahí. Como podemos ver, la historia no tiene mucho más. A primera vista puede ser un relato construido a partir de un found footage o la copia barata de Luther, pero lo cierto es que Good Cop engancha y no sabemos muy bien por qué. Quizás sea por esa estética aciaga y perversa que sólo Londres parece sacar a la luz o por los complejos morales que posee Sav, o incluso por esa facilidad de que tiene Butchard para quedarse con los tópicos menos manidos del género policíaco. Pero sea como fuere, la trama principal de Finch y los demás casos que aparecen en el capítulo no es el principal interés de la serie de la BBC. Hay mucho más bajo la superficie; empezando por el background de Sav, su extraña relación con su padre que yace postrado en la cama de su casa y conectado a un respirador de por vida o la culpa que le carcome por dentro cuando ve a su ex mujer y a su hija paseando bucólicamente por la playa. John Paul es bueno, pero el mundo parece querer darle la espalda. Quizá por ello acuda con tanta asiduidad a la figura de su padre, que parece alzarse ante él como su guía espiritual capaz de dirigir a su yo interno, que le recuerda constantemente la verdadera naturaleza de su personalidad.

Pero como siempre en la vida, el azar (mucha gente lo llamaría karma) nos da la espalda y debido a un suceso que tiene lugar a mediados del episodio (no desvelaremos cual es para aquellos que quieran ver la serie), el universo de John Paul se trastoca por completo. Y eso que Butchard ya se ha encargado de asentar y subrayar con insistencia un maniqueísmo de libro personalizado en la figura de Finch por un lado y por el otro el de la policía, a la que se intenta humanizar (no engañan a nadie) a través de la muerte y su sentido del deber. Sav se encuentra en el centro del huracán, en el punto en el que no se pueden ver las cosas con perspectiva y eso le precipita a un vacío existencialista en donde ya nada parece tener sentido y cuyo impulso le lleva a cometer un atroz acto; la naturaleza del ser humano parece ser siempre perversa. John Paul se compromete entonces con un nuevo modus vivendi, completamente desconocido para él y que será el núcleo central del resto de la temporada; ¿Cómo vivir contigo mismo después de transgredir tus propios ideales? Como ya sucede con Walter White en Breaking Bad (vamos a salvar las distancias), Sav se ha transformado en lo que podríamos llamar un monstruo, un enfant terrible que opera al margen de la ley pese a ser el principal representante de ella. La controversia que genera la noche que Finch y sus compinches se montan una fiesta de escándalo y la cosa termina yéndose de madre, empieza la verdadera transformación de John Paul, que debe mirar impasible como la vida pasa ante él sin poder hacer nada al respecto. Entonces la trama nos empuja a replantearnos esto; ¿realmente es tan horrible lo que hace John Paul? ¿Hubiéramos hecho lo mismo que hizo él en su lugar? Probablemente si has seguido con detalle las cinco temporadas de Breaking Bad, no te sonarán del todo rara estas cuestiones. Ni siquiera verías extraño que la conducta de Sav fuera evolucionando hasta límites insospechados, llegando a involucrar en sus locuras a la poca familia y amigos que le quedan.

Good Cop es un diamante en bruto que aún le queda mucho por brillar. Ya sólo con la fotografía, el uso inteligente de los planos y esa última escena en la que John Paul se sumerge en el mar completamente vestido y buscando la redención, es un buen motivo para darle una oportunidad a la serie. Como todas y sobretodo en lo que a dramas policíacos británicos se refiere, la longitud de los episodios sigue siendo el principal hándicap para engancharse en cuerpo y alama a una historia en concreto, pero considero que con la serie de Butchard podría llegar a no ser una pérdida de tiempo. De momento, el piloto me ha convencido lo suficiente y seguiré su evolución con interés, sobretodo para saber como los guionistas manejan este lado oscuro del protagonista y si sabrán sacarle tanto jugo como lo hico Gilligan con W.W. Sea como fuere, de momento el nuevo drama de la BBC va por buen camino. Es cierto que sería interesante pulir varias taras de cara a la temporada, pero sólo el tiempo y la aceptación del público podrán permitir que Good Cop siga evolucionando.

Lo mejor: la realización y Warren Brown.

Lo peor: capítulos demasiado largos y algunas escenas de relleno.

Tiene una retirada a: Breaking Bad en el desarrollo de personajes y Luther.

Primera impresión: 6,5/10

Revolution

Antes de nada me gustaría admitir que no comulgo con Abrams. Ni me gustó Lost (esa última temporada le quitó cualquier tipo de credibilidad a la serie); ni pude aguantar dos capítulos seguidos de Undervovers; Alcatraz me pareció una estafa; Alias aún no he tenido la oportunidad de verla; y sigo sin encontrarle la gracia a los desorbitados ojos de Michael Emerson en Persons of Interest. Quizás por ello Revolution lo esperaba como otro bluf más dentro de mi parrilla. Una de tantas series post apocalípticas que llenan nuestras pantallas en una plaga de títulos que no parece tener fin. Aunque ahora le sigue muy de cerca el de las adaptaciones literarias, algo es algo. Lo cierto es que tras ver el piloto filtrado de Revolution (todavía habrá cadenas que digan que las filtraciones no existen que son los padres), no ha terminado de desagradarme del todo. Como Terra Nova, Flashforward o The Walking Dead, Revolution nos ubica en un mundo completamente desolado y caótico, que debe reinventarse y volver a la edad de piedra tras un extraño apagón global que deja a la tierra sin energía. Entre los supervivientes que aún quedan en pie, destaca la familia de Ben Matheson, un amable granjero (no hay más que ver la cara de felicidad que pone el muchacho cuando sale de su casa) que ve perturbada su paz al recibir la visita del capitán Neville, un malvado general de la milicia que quiere llevarse a Ben y a su hermano Miles. Como ninguno de ambos bandos están dispuestos a irse con las manos vacías, empieza una afanosa lucha a ballestazos que termina con el rapto de Danny, el hijo pequeño de Ben y la propia muerte del patriarca de la familia.

Hasta aquí, todo el pescado vendido. Pero lo mejor de Revolution no es la historia, más allá de su originalidad o no, sino su puesta en escena. La magnífica fotografía de un Abrams que no sabe hacer otra cosa. Pecó de efectos especiales en Flashforward, y vuelve a estirar el concepto de nuevo con Revolution. Pero no importa, la causa justifica los medios. Y en este caso no es otra cosa que entrener al espectador, si, pero sin dejar de lado esos macguffins que tanto ponen cachondo a Abrams y su trupe de guionistas; las cajas misteriosas. Y para más inri, nos colocan una nada más empezar. ¿Qué diablos es el chisme ese en forma de huevo cósmico que Ben saca del ordenador? Pues ni más ni menos que un artefacto de lo más últi, cuya función se desvela al final del piloto. Algo más previsible que la muerte de la madre Bambi, pero que enlaza bastante con la filosofía de Abrams de ceñirse a su estilo y no salir de ahí. Parafraseando al ya difunto Gregory House; “Es mi rollo y me ciño a él”. Y no es para menos. Si por algo ha triunfado el bueno de JJ, además de por ser más pesado que la madre que lo parió, es por arriesgar en su campo y seguir apostando por las ideas inconclusas. Y en realidad, por mucho que me cueste admitirlo, es necesario gente como él. Sino acabaríamos siempre relegándonos a lo mismo y de esa manera la industria televisiva no evolucionaría. Quizás por ello Revolution llega en una época que le va como anillo al dedo; tras el fiasco de Terra Nova y de Falling Skies, la nueva serie de la NBC lo tiene todo para triunfar, en tanto que consigue asentar unas expectativas mucho más realistas y asequibles. Eso no quita que el producto de Eric Kripke tenga taras, y no pocas precisamente, pero dentro de lo que queda por venir, tendremos que agarrarnos a él como un clavo ardiendo.

Y no me importaría agarrarme con fuerza a Giancarlo Esposito. El danés, que viene de realizar un cameo en Community y de pulirse a medio cártel en Breaking Bad, vuelve a dejar claro por qué es uno de los actores del momento y se alza entre el resto de reparto como el personaje idílico que todo guionista querría tener entre sus páginas del Celtx. Sea como fuere, tampoco es difícil destacar entre un grupo de actores mediocres (incluso Elizabeth Mitchell vapulea el concepto actuar y eso que aparece menos de cinco minutos en pantalla), que parecen estar actuando en una obra de barrio para sus obstinadas abuelas de mesa camilla. Pero no importa, tienen buena planta y ya sirven para cumplir su propósito, caer bien al espectador. Sobretodo Charlie Matheson (interpretada por Tracy Spiridakos), la hija de Ben Matheson que se carga sobre sus hombros la misión de rescatar a su hermano después de la muerte de todos los miembros de su familia. Tras ella Aaron (Zak Orth), un empleado de Google venido a menos tras el apagón y  Maggie (Anna Lise Phillips), una joven hecha a sí misma que no duda en utilizar la fuerza cuando es necesario y que bien podría recordarnos a Kate. Como vemos, los estereotipos dentro de la serie de Abrams y Kripke quedan señalados en todo momento. No hay lugar a duda. Lo que no termino de ver claro es que pinta Esposito entre tanto maniquí de los almacenes Sepu. Sinceramente, no considero que una serie de acción tenga que cuidar en exceso el nivel del elenco que la compone, pero hay momentos en que las actuaciones de Tracy Spiridakos o Billy Burke rozan la vergüenza ajena. Sin dejar de lado la lucha final, catana y ballesta en mano, entre éste y los secuaces de Neville que bien podría pasar por una toma falsa de Power Rangers Wild Force. Sobretodo los magníficos efectos especiales de aquellos que reciben disparos o flechas, con esa propulsión acelerada que Pablo Puyol pudo experimentar en The El Escorial Conspiracy, todo muy realista por cierto.


Sea como fuere, Revolution es el producto perfecto para la NBC. No resulta odioso y puede convertirse en un auéntico hype para un determinado sector del público, ávido por recuperar las historias palomiteras y las series con buenas dosis de acción. Para el resto, entre los que me incluyo, el piloto ha pasado sin pena ni gloria y nos nos extrañaría nada que terminara pasando el corte de finales de año. Como siempre, habrá que esperar a los ratings de su estreno (previsto para el 17 de septiembre) para esperar la reacción de la cadena. No obstante, y tomando como referente la actual parrilla que se nos viene encima con el inicio de temporada, tocará echarle el ojo de vez en cuando al transcurso de la trama y la resolución de los macguffins que ha presentado Abrams, hasta la fecha, bastante ínfimos para recalcar las posibilidades de Revolution. De momento, los neófitos de Abrams ya se frotan las manos con el esperado comeback de su ídolo y desearán que las ideas del de Nueva York tengan cafeína para rato.

Lo mejor: Giancarlo Esposito.

Lo peor: las constantes reiteraciones de Abrams y unas premisas flojas.

Tiene una retirada a: Terra Nova, Falling Skies, Flashforward y Jericho.

Primera impresión: 5,9/10

Parade’s End

Ah, el refranero español, qué fuente de conocimiento más maravillosa. Si me cruzara con Benedict Cumberbatch por la calle, además de pedirle una foto cara a cara (como a él le gusta), le cantaría esa conocida frase de; no digas nunca de esta agua no beberé. Que en inglés palaceño será un; “never say I won’t drink of this water” o algo así. Y es que las últimas y desafortunadas declaraciones del actor de Sherlock no han dejado a nadie indiferente. En ellas afirmaba que tenía miedo de sus fans (que gloriosamente se han apodado las cumberbitches) y que le parece francamente patético que la gente le haga fotos destrangis. “Venid y pedidme una foto en condiciones”, afirmaba Cumberbatch. Debe ser que el actor no termina de adaptarse a la fama (y eso que arrasa por donde pasa) y el saber estar. Ahora estrena Parade’s End, la adaptación televisiva de la tetralogía literaria de Ford Madox Ford publicadas entre los años 1924 y 1928 en Inglaterra. Una revisión sobre la Primera Guerra Mundial y con claros tintes de Downton Abbey (me gustaría verle la cara a Cumberbatch cuando le encuentren las 7 diferencias con la serie de Fellowes, a la que el actor ha criticado duramente afirmando que era “una jodida atrocidad”) sobre la vida de Christopher Tietjens, interpretado por el mismo Cumberbatch, un brillante estadístico atrapado en un matrimonio que hace aguas y los sofocantes calentones de sus recatados líos de faldas.

Emitida el pasado 24 en BBC Two, la nueva serie de la cadena británica featuring la HBO, ha llegado por fin a los torrents de todo el mundo. Aunque sinceramente no esperaba con especial ilusión su adaptación televisiva (otra de tantas), lo cierto es que Parade’s End me despertó una curiosidad inmediata al leer el plot y su reparto de actores, encabezado por un recauchutado Benedict Cumberbatch y Rufus Sewell, sin duda alguna el plato fuerte que ha terminado por equilibrar la balanza. ¡Y menuda decepción! Aunque los aproximadamente 60 minutos de duración que se gasta el piloto se me pasaron más rápido que un cigarro en los labios de la madre de Paco León, lo cierto es que la nueva miniserie de Susanna White y escrita por Tom Stoppard me ha parecido un auténtico bluff. Para empezar, y que me perdonen los posibles fans de Ford que puedan haber en la sala y hayan leído las novelas, no sé hasta qué punto puede considerarse Parad’es End una serie en tanto que no hay trama por ningún sitio. ¿Qué quiere exactamente la mujer de Benedict, Sylvia Tietjens con tanta ida y venida de hombres entre sus piernas? ¿Por qué Benedict parece querer guardarle la ausencia a toda costa pese a ir más adornado que el padre de Bambie? ¿Puedo llevarme a Rufus Sewell para que absuelva mis pecados en la intimidad? Tantos interrogantes, y más si la serie parece sacada de un cuadro de Georges Pierre Seurat, no generan otra cosa más que desconfianza hacia un producto que apareció los primeros días en IMDb con un sonoro 4 y que con el paso del tiempo, no sólo la popular la ha llevado a rascar el notable, sino que varios periódicos de renombre de la isla como The Telegraph o The Guardian han recalcado su categoría de must. Quizás mi gusto se haya aburguesado con la calidad de Breaking Bad o incluso Downton Abbey (chúpate esa Cumberbatch), pero lo cierto es que si por mi fuera, no compraba Parade’s End ni en época de rebajas.

No obstante, vale la pena añadir que no todo en la serie de la BBC huele a gato encerrado. Al contrario, la fotografía, los decorados (creo que fueron rodados en la parte de atrás de la casa de los Grantham, o eso parece), el vestuario o la puesta en escena, son de un gusto exquisito y quizás uno de los principales reclamos para todos los fans de la época que deseen deleitarse con la magnificencia y la elegancia de aquellos tiempos. Y en especial la de Rufus Sewell, un actor que ha sido vapuleado en incontables ocasiones y que demuestra en Parade’s End la sobrada experiencia y calidad interpretativa que se gasta el británico. Interpretando a un lascivo reverendo (ese “Detecto la palidez de la masturbación” es glorioso), al actor de Zen o Eleventh Hour le bastan cinco minutos en escena para comerse al resto de actores de la sala con patatas y salsa brava. Por mucho que Cumberbatch ponga esa cara de malote que tanto le gusta y recolecte comida para el invierno venidero, su interpretación (por encima del resto, eso sí) no sirve para compensar la teatralidad de Sewell o la de su mujer, una desinhibida Rebecca Hall. Vale la pena decir que no pega ni con cola con Cumberbatch, pero imagino que nunca llueve a gusto de todos. Pero más allá de la credibilidad del reparto, lo cierto es que Parade’s End engancha. No sabes qué estás viendo pero te gusta perderte, dejarte llevar en una historia que sabes que no conduce a ningún sitio. Quizás no tanto como The Hollow Crown, la también adaptación de la tetralogía de William Shakespeare sobre la historia de Enrique VI, IV, V y VIII por parte de la BBC y que tiene como protagonista a David Bradley, Richard Bremmer y Daniel Boyd, entre otros. Es la nueva saga de los guilty pleasures que tan fuerte lo está petando este año y que comenzó con The River o Ringer, por poner algunos ejemplos. Quizás por ello se haya ganado el beneplácito de la crítica, de los rátings no puedo apuntar aún nada, porque sino no lo entiendo. Muchas series han demostrado sobradamente que con una silla y un par de actores se puede hacer televisión y encima de primerísima calidad, pero hay productoras que siguen obcecadas en que cuanto más mejor. El despliegue económico, de reparto y mediático de la nueva miniserie de la BBC está muy bien, ¿pero realmente es necesario?

Supongo que como todo, habrá defensores y detractores de la adaptación literaria como un nuevo género televisivo pero esta vez, lamentablemente, no estoy de acuerdo. Es evidente que muchas veces es necesario tirar de biblioteca para buscar ideas y mantener la máquina de producción en marcha, pero este tipo de series demuestran que los medios y el dinero no lo son todo. ¿Época de decadencia? Quizás si, pero el principal defecto del que pueda pecar Parade’s End, como bien afirmaba el crítico de The Telegraph James Walton, es de ser ambiciosa. Quizás demasiado. Y es por ello que al intentar abarcar tanto en tan poco tiempo, se queda a medio coser. No llegamos a conocer bien a los personajes y si nos sentimos atraídos por Cumberbatch (sigo preguntándome donde dejó su acento), es meramente porque sigue siendo Sherlock Holmes y poco más. Es evidente que será necesario seguir la evolución de la serie con más detenimiento, pero hasta la fecha sólo podemos verle taras a un producto que debería centrarse más en la intimidad de los personajes y no en la ornamentación de sus decorados.

Lo mejor: Rufus Sewell parafraseando a The Swede de Hell on Wheels.

Lo peor: la trama no tienes por donde cogerla.

Tiene una retirada a: Downton Abbey.

Primera impresión: 6/10